BIBLIA Y HELENISMO

El pensamiento griego y la formación del cristianismo

El presente libro Biblia y Helenismo estudia los cambios más importantes que se produjeron en la Religión Judía al entrar en contacto con el pensamiento griego.

El primer cambio tuvo lugar después de la muerte de Alejandro Magno. En este momento, la Religión Judía experimentó profundas mutaciones que afectaron a su concepción del hombre, a la inmortalidad del alma, a la resurrección de los cuerpos y a la vida en el otro mundo con sus premios y castigos.

El segundo cambio fue precisamente el nacimiento del cristianismo. Éste empezó como una secta judía y, en ciento cincuenta años aproximadamente se convirtió en una religión autónoma con su propio canon o lista de Escrituras Sagradas.

¿Influyó el pensamiento del entorno pagano del Mediterráneo oriental en este alejamiento de los judeocristianos de su religión madre hasta hacerse lisa y llanamente cristianos?

¿Estuvo Jesús mismo influido por la predicación de los filósofos cínicos?

¿Qué lugar ocupa el pensamiento de Pablo de Tarso en la formación de la futura religión?

¿Influyeron "las religiones de los misterios" en el pensamiento de Pablo o en el de algunos de sus discípulos?

¿Cuál es el lugar histórico del cristianismo dentro de las religiones de su tiempo?

A dar respuesta a estos y otros interrogantes está dedicado este libro, que culmina con tres temas importantes que servirán al lector para situar al cristianismo en el marco de las religiones de la época: 1) la existencia o no de una gnosis precristiana, 2) las ideas religiosas de los órficos y neopitagóricos y 3) una descripción densa y sintética de la religión irania que, al parecer, influyó mucho en el judaísmo y en la gnosis.

En Biblia y Helenismo encontrará el lector las claves necesarias para la comprensión del cristianismo, una vez que éste se separó del judaísmo, abandonando las fronteras de Palestina para hacerse una religión universal, la religión del Occidente así llamado "cristiano".

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CONTENIDO

I El encuentro de Israel con el helenismo (A. Lozano- A. Piñero)

II El judaísmo helenístico. El caso de Alejandría (J. Peláez)

III El cambio general de la religión judía al contacto con el helenismo (L. Vegas- A. Piñero)

IV La traducción griega de la Biblia (A. Piñero)

V Los últimos escritos del Antiguo Testamento y la influencia del helenismo (J. Trebolle)

VI Judaísmo y helenismo en el siglo I de nuestra era (Rosa M. Aguilar)

VII La teoría de Jesús como un predicador cínico (R. Aguirre)

VIII Confrontación en la Iglesia primitiva: el cír¬culo hebreo y el helenista en la obra de Lucas (Evangelio y Hechos de los Apóstoles) (J. Rius-Camps)

IX Pablo y las corrientes gnósticas de su tiempo (M. López-Salvá).

X Pablo, los ‘misterios’ y la salvación (J. Alvar)

XI Teología paulina y filosofía estoica (J.R. Busto Saíz)

XII Escritos tardíos del Nuevo Testamento y hele¬nismo: cartas deuteropaulinas, pastorales, cató¬licas (J.M. Sánchez Caro)

XIII El evangelio de Juan, punto de encuentro entre judaísmo y helenismo (A. Piñero)

XIV El cristianismo entre las religiones de su tiempo. Judaísmo y helenismo en la plasmación de la teología cristiana naciente (Jesús de Naza¬ret, Pablo y Juan) (A. Piñero)

XV La jerarquía de la iglesia primitiva y los modelos helenístico-romanos (R. Teja)

Complementos

XVI La religión irania en la Antigüedad. Su impacto en las religiones de su entorno: judaísmo, cristianismo, gnosis (A. Hultgård. U. Uppsala)

XVII Orfismo y neopitagorismo (A. Bernabé)

XVIII ¿Hay una gnosis precristiana? (J. Montserrat)

A MODO DE EPÍLOGO

PRÓLOGO

Según Geoffrey Parrinder, en su Breve Enciclopedia del Cristianismo, cuya versión española ha sido editada por la Editorial Istmo, hay unas 2.000 confesiones cristianas en el mundo de hoy, unas importantes, otras ciertamente minúsculas. Los católicos se acercan a los 900 millones y el resto hasta los 2.000 son miembros de otras denominaciones o iglesias.

La presencia del cristianismo en un mundo compuesto de unos 6.000 millones de personas es, pues, aproximadamente un tercio de la población. En el ámbito occidental, sin embargo, puede afirmarse que como mínimo el 80% de los habitantes de la zona es cul­tu­ralmente cristiana. Aunque no sean practicantes, ese amplísimo número de personas se mueve en un ámbito de concepciones y atmósfera de pensamiento cristianos.

La base común para la vida espiritual de estos casi 2.000 millones de personas es la Biblia y más en concreto el Nuevo Testamento. Este corpus es hoy el fundamento real del cristianismo, por mucho que para muy diversas personas sea la denominada presencia viva e ininterrumpida de Cristo en la Iglesia el impulso que da fuerza a su fe. Sin negarlo de ningún modo, es claro, sin embargo, que el Nuevo Testamento es la base primordial de la fe, del estudio, de la meditación, del comportamiento y de la vida toda de los que se denominan cristianos.

Al estudio de un aspecto fundamental de este corpus de escritos y su antecedente, el Antiguo Testamento, se dedica este libro.

La religión madre de la que procede el cristianismo, el judaísmo, en apariencia tan monolítico y consistente durante siglos, sufrió grandes transformaciones a lo largo de su historia. En especial a partir del momento en el que el núcleo del Antiguo Testamento, el Pentateuco (la Torá, o la Ley) tuvo su última redacción en torno al s. VI a. C., este judaísmo se vio afectado al menos por tres profundas mutaciones, y éstas se produjeron precisamente en momentos de contacto con la mentalidad religioso - filosófica del Helenismo. O, también al menos, justamente cuando la mentalidad del helenismo se había extendido sobre la faz del mundo civilizado. Muchos estudiosos de la historia de las religiones han estimado que no es casual esta coincidencia temporal, y que no es absurdo afirmar que la mentalidad y las nociones religiosas del helenismo desempe­ñaran un papel decisivo y fundamental en todas las trans­formaciones del judaísmo.

La primera de esas mutaciones fue la sufrida por la religión del judaísmo cuando ya estaba bien asentada en el Mediterráneo oriental la atmósfera espiritual propalada por el helenismo, a comienzos del siglo III a.C. En esos momentos la literatura religiosa judía comienza a mostrar signos de abrazar una serie de nociones religiosas capitales que antes no tenía. De ser una religión sin nociones claras de la resurrección, del mundo futuro, de la retribución divina, etc., el judaísmo pasa a convertirse en una religión en la que la mayoría de sus adeptos (ciertamente con la renuencia de algún grupo) tiene ya unas ideas muy distintas en esos campos, es decir, nociones bastantes claras sobre la inmortalidad del alma, la resurrección, el mundo futuro y la justicia retributiva divina a las obras buenas o malas ejecutadas en este mundo). Este nuevo judaísmo será el que genere movimientos como el fariseísmo, las corrientes apocalípticas y el esenismo (Qumrán).

La segunda gran mutación del judaísmo se produce no en el cuerpo completo de su religión, sino en el de una pequeña rama, o “secta” que brota en su seno en el siglo I de nuestra era. Su resultado es el cristianismo. Es bien sabido que el cristianismo nació como un gru­púsculo o “confesión” dentro del judaísmo, como un grupo de piadosos, denominados en seguida los “nazarenos”, que no se diferenciaban fundamentalmente de los demás judíos más que en su confesión de que el mesías había llegado ya, y de que era Jesús de Nazaret. Sin embargo, es bien patente cuán distinto se hizo ese grupo en poco tiempo, cómo fue evolucionando y cómo al cabo de unos cien años se había transformado en una religión nueva, con un corpus distinto de escritos sagrados, que no tenía la religión madre. En opinión de muchos estudiosos el germen, el impulso y el núcleo de ese profundo cambio en la religión de esa secta judía se debió al contacto con lo mejor de la religiosidad y de la filosofía espiritualista helénica, sobre todo del orfismo, platonismo, cinismo y estoicismo popularizados, de la mentalidad gnóstica incipiente y de los conceptos de las religiones de misterios.
La tercera mutación, que ocurrió también en el siglo I de nuestra era, a finales, es la que da como resultado el judaísmo moderno. El cambio se produjo tras las conmociones generadas por la destrucción del Templo y de la patria en los grandes guerras judías (68-70; 132-135 d.C.). Esta transformación, abanderada por el grupo del rabino Yohanán ben Zakkay, consistió fundamentalmente en el afianzamiento de una de las ramas del judaísmo helenístico: el fariseísmo. Esta mutación no incumbe al presente libro, y en el fondo es adscribible a la primera ya mencionada, es decir al cambio que sufre el judaísmo en contacto con el helenismo en general.

Lo hasta aquí dicho, sin embargo, no ha sido aceptado universalmente por los estudiosos. A lo largo de la historia de la investigación bíblica de los últimos cuatro siglos las opiniones sobre el trasfondo a la luz del cual habría que entender el judaísmo y la Biblia han ido cambiando en un movimiento pendular. Se ha pensado unas veces que todo el corpus de escritos sagrados ha de comprenderse como un producto exclusivo del espíritu semítico: la revelación divina contenida en los escritos bíblicos se habría servido exclusivamente del canal del pueblo hebreo, sin que en ese medio apenas hubiesen intervenido otras influencias. En otros momentos los investigadores han sostenido que sobre todo la segunda parte de la Biblia, el Nuevo Testamento, y los últimos estratos del Antiguo --los libros compuestos a finales del s. IV o III, como Job y Eclesiastés-- deben casi todo su ser teológico peculiar al influjo de la mentalidad griega. Sobre un suelo semítico, sin duda, la influencia moldeante del espíritu helénico habría sido de tal magnitud que si quitáramos esta influencia, lo que de estos libros quedaría sería algo de poco valor en la historia de la religión judía.

A tenor de este movimiento pendular de la investigación, y después de la profunda corriente de reflexión teológica e histórica que han generado los descubrimientos de manuscritos en Qumrán y Nag Hammadi, un grupo de estudiosos de la Biblia o de la historia antigua en general nos hemos planteado la posibilidad de replantear de nuevo la cuestión. ¿Podemos realmente rastrear en el conjunto de la Biblia nociones, conceptos religiosos nuevos que habrían nacido en un suelo en el que Yahvé y su revelación semítica tuvo poco que decir en apariencia? ¿En qué grado la aparición de novedosas concepciones religiosas en el seno del judaísmo se debe al influjo del helenismo, o hasta qué punto fue éste determinante en el cambio del mensaje ofrecido a los lectores de los libros bíblicos? ¿En qué grado es el nuevo Testamento y el cristianismo el resultado de la mezcla de lo hebreo y lo griego, es decir, de una mentalidad hebrea pero conformada decisivamente por lo mejor de la religiosidad griega (y oriental) de su época? Al expresarse ya desde sus orígenes el mensaje cristiano en una lengua no semítica, el griego, ¿hubo por ello un cambio de mentalidad –conformado por la lengua misma— que afectó y modificó el mensaje mismo? Ante este dilema, el subtítulo del libro que se refiere a la posible influencia del pensamiento griego en la conformación del cristianismo.

La primera parte del título, Biblia y Helenismo, suscita pocas dudas en los lectores respecto a su ámbito. A pesar de ello conviene que precisemos el contenido de lo que exactamente entendemos por "Biblia". Bajo este vocablo consideramos el canon común impreso en la biblias de la Iglesia católica, que -en lo que respecta al Antiguo Testamento- contiene algunos libros que no se hallan ni en el canon hebreo de las Escrituras (22 libros, según como se cuenten, formando o no grupos), ni normalmente en la lista canónica aceptada por las iglesias evangélicas o "protestantes". Estos libros son los siguientes: Sabiduría; Eclesiástico o Ben Sira, Tobías, Judit, Suplementos al libro de Ester, Baruc (más Epístola de Jeremías), adiciones griegas al libro de Daniel, I y II Macabeos. Estos libros son de una venerable antigüedad y estaban incluidos en la traducción griega (comenzada a mediados del s. III a. C.) de la Biblia hebrea conocida como los "Setenta" (latín, Septuaginta).

Algunos investigadores sostienen que esta biblia griega de los “Setenta” aceptaba ya como normativo un canon diferente y más amplio que la norma común de Palestina. Este canon expandido se suele llamar alejandrino porque se ha creído, quizás erróneamente, que indicaba los libros considerados sagrados por la poderosa comunidad judía de la ciudad del Delta. Los primeros cristianos, que utilizaban mayorita­riamente la lengua griega como vehículo diario de comunicación y no leían en principio el texto hebreo, adoptaron como propia esta versión griega de los Setenta. Y junto con la traducción al griego admitieron como sagrados esos libros arriba mencionados que los judíos de Israel acabaron por calificar como apócrifos.

Precisamente en consideración a que los libros señalados no se hallan en el canon hebreo, algunos inves­tigadores han acuñado para designarlos el término "deutero­canónicos" (sagrados, "canónicos", sí, pero en segundo grado). Las Iglesias protestantes los denominan en general "apócrifos del Antiguo Testamento" y muchas de sus biblias no los incluyen en sus ediciones normales (tampoco en sus introducciones a la Escritura y comentarios). Para los católicos, sin embargo, y tras la definición normativa del Concilio de Trento, estos libros han de considerarse autoridad sagrada al mismo nivel que el resto de los libros del Antiguo Testamento.

Y ahora respecto a la segunda parte del título. ¿Qué entendemos por "helenismo"? Como es bien conocido, el término fue acuñado por Johann Gustav Droysen en su obra de 1836 (Hamburgo) Geschichte des Hellenismus (Historia del Helenismo; reeditada por E. Bayer en tres vols., Tubinga 1952-1953). En la introducción al vol. I de su obra (el segundo sería publicado en 1843) consideraba Droysen que la época posterior a la muerte de Alejandro Magno hasta el principado de Augusto se había caracterizado por un encuentro fructífero del Oriente con Occidente en el que la civilización y cultura griegas, transportado por la lengua, había sido el fermento y el alma de una nueva forma de civilización. Droysen pensaba que estos siglos eran "la época moderna del mundo antiguo", y que estaban destinados a desembocar felizmente en el nacimiento del cristianismo. De acuerdo con las líneas trazadas por este pionero historiador consideramos al "helenismo" en primer lugar como una época histórica que concluye propiamente con la instauración del Imperio Romano por Octavio Augusto como “príncipe de la República” (después de la batalla de Accio en el 33 a. C.), pero cuyos efectos políticos perduraron en el medio Oriente hasta la desaparición de diversas monarquías "helenísticas": la ruina del reino helenístico de Comagene, en Asia Menor, la caída del rey judío Agripa II en Judea, y la desaparición como poder político del reino de los nabateos en la actual Jordania. Estos acontecimientos nos sitúan en el reinado del emperador Trajano (primer cuarto del s. II d.C.). En el ámbito de la cultura, sin embargo, el helenismo continuó aún más adelante cronológicamente.
El helenismo cultural no es fácil de definir. En primer lugar, consideramos "helenismo" a la expansión de la lengua griega, utilizada como lingua franca o idioma del comercio y comunicación entre no griegos fuera de los límites geográficos de la Hélade. Como tendremos ocasión de ver con más detalle, los vocablos hellenismós y hellenízein se referían al principio en griego casi exclusivamente al uso de la lengua y raramente conllevaban un contenido cultural o artístico. En segundo lugar, "hele­nismo" significa la aceptación por parte de gentes no griegas de modelos políticos, culturales y artísticos procedentes de Grecia. Esto incluye también maneras de gobernar y estructuras económicas y sociales al modo de los griegos. Significa sin duda la aceptación de un ideal de educación del hombre conforme a unos cánones determinados, lo que implica modelos literarios, conceptos religiosos, ideales filosóficos y artísticos. En tercer lugar helenismo significa fusión de conceptos (sobre todo en el ámbito de la religión) entre Occidente y el Oriente más próximo.

El helenismo no fue el resultado de una mera política cultural de Alejandro Magno y sus sucesores, sino el producto de unos continuos contactos que se fueron haciendo progresi­vamente más intensos entre el Mediterráneo Oriental y el Próximo Oriente. Representó ciertamente la ruina del ideal antiguo de la ciudad - estado (polis) griega, pero significó tam­bién la sublimación de ella en la idea de un imperio universal en el que todos debían entenderse en la misma lengua y compartir modelos de pensamiento análogos.

El helenismo, pues, fue un intento de compenetración de Oriente y Occidente para crear una cultura universal que valiera para todas las gentes de los ámbitos geográficos conocidos. Fue Alejandro Magno el impulsor de este movimiento, pero no su creador primero, ni fue el helenismo el mero resultado de armas victoriosas. La expedición de Alejandro resultó ser el comienzo de un proceso de helenización, pero no su inventor, porque también el Macedonio y su espíritu son un exponente del helenismo. Alejandro y sus sucesores, los denominados Diádocos, crearon el marco para una nueva configuración de la existencia humana, que como posibilidad no fue un hallazgo suyo, sino una herencia de tiempos y pensadores del inmediato pasado.

Los nuevos ideales del hombre en la cultura, la filosofía, el arte y la religión que conllevaba esa expansión de lo griego y la mezcla con otras culturas hubo de influir también en Palestina y debió de conformar de algún modo su producto intelectual más imperecedero: la Biblia. Uno de los principales mensajes del Antiguo Testamento enseña que la revelación divina se hace palpable en la historia. Los acontecimientos de la época helenística fueron también determinantes en este sentido e influyeron en toda la conformación intelectual del pueblo hebreo.

Este libro sobre Biblia y Helenismo, quese cuestiona precisa­men­te como hemos indicado, qué efectos tuvieron en la generación de los últimos estratos de la Biblia hebrea y en el Nuevo Testamento los acontecimientos, la nueva mentalidad, la filosofía y la religión de la época helenística, es el fruto de un curso de verano de la Univer­sidad Complutense, que llevó el mismo título. Habría sido posible un enfoque muy distinto del curso y, por tanto, del libro. Es cierto que con el mismo título esa intensa semana podría haberse centrado en la conformación de la teología cristiana en los siglos II y III, en contacto con el espíritu del helenismo: cómo pensaron e hicieron avanzar la teología cristiana los apologetas del siglo II, Clemente de Alejandría, Hipólito de Roma, Ireneo de Lyon, Orígenes, Eusebio de Cesarea, más tarde, etc., gentes todas que se habían formado intelectualmente en la lengua y el espíritu helénicos. Pero al presentar el programa a la Dirección de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense la intención fue justamente no la de centrarnos en esa época crucial para el desarrollo de la teología, sino impostar la cuestión antes, en los momentos mismos de la generación del pensamiento cristiano: los años de composición del Nuevo Testamento y sus antecedentes inmediatos en la Biblia judía. Es decir rastrear antes del Nuevo Testamento, en el Antiguo, en sus últimos libros cronológicamente, qué contactos con el helenismo son perceptibles en ellos, cómo cambian los puntos de vista teológicos de esos escritos bíblicos en cuestiones esenciales, y cómo el Nuevo Testamento es el heredero de un judaísmo previamente helenizado. Éste es el motivo por el que antes de abordar los temas que son propiamente del Nuevo Testamento se prepara el terreno con la descripción sintética de lo que el contacto con el helenismo pudo haber aportado a los escritos más tardíos del Antiguo Testamento.

En un primer momento de la andadura de este libro nos detenemos en una panorámica histórica de la época que nos interesa (desde el s. IV a.C. hasta el s. I d.C.) para que el lector pueda enmarcar en los acontecimientos históricos los cambios en las nociones religiosas. Sin conocer el entorno histórico se nos escapa a menudo el porqué de los movimientos ideológicos. Así, comenzamos con un capítulo sobre “Los contactos de Israel con el helenismo” (A. Lozano - A. Piñero).

Los capítulos siguientes encajan dentro del marco cronológico de los últimos escritos del Antiguo Testamento y los años anteriores a la era cristiana. Comienza con una descripción general del “Judaísmo helenístico, en especial el alejandrino” (J. Peláez). De un modo sintético el capítulo siguiente trata de explicar “el cambio general de la religión judía al contacto con el helenismo” (Luis Vegas – A. Piñero). Una de las manifestaciones más importantes de las relaciones Israel – mundo helénico, dentro de ese marco histórico de los últimos siglos antes de la era cristiana, es la versión de la Biblia hebrea al griego, la traducción de los Setenta (LXX o Septuaginta). A ella prestaremos una especial atención, fijándonos en concreto en la posible influencia de la mentalidad helénica manifestada en la elección de vocablos y expresiones por parte de los traductores (A. Piñero). El siguiente capítulo afecta directamente a “Los últimos escritos del Antiguo Testamento y la influencia del helenismo” (J. Trebolle). Sigue luego un apartado especial sobre la situación de Palestina en el siglo en el que vivió Jesús de Nazaret: “Judaísmo y helenismo en la Palestina del siglo I de nuestra era” (Rosa Mª Aguilar).

Al Nuevo Testamento, como es natural dado el subtítulo del libro, dedicamos la sección más rica en capítulos. Nos preguntamos en primer lugar si existe o no una influencia real del movimiento filosófico cínico sobre la personalidad y ministerio de Jesús de Nazaret, “La teoría de Jesús como predicador cínico” (R. Aguirre). J. Rius-Camps presenta luego una visión de conjunto de los Hechos de los apóstoles de Lucas como obra helenística con especial hincapié en lo que afecta a la confrontación entre el círculo de los hebreos y el grupo de los helenistas en la iglesia primitiva y al desarrollo del impulso hacia la misión de los paganos. Esta visión de conjunto será muy novedosa para muchos porque se basa sobre todo no en el texto normalmente impreso de los Hechos (alejandrino), sino en uno, famoso y discutido (texto occidental), tan antiguo como el alejandrino, pero con lecturas diferentes, relegado normalmente por los editores al aparato crítico de variantes.

A Pablo, como importante remodelador de la teología cristiana, dedicamos tres apartados: “San Pablo y las corrientes gnósticas de su tiempo” (M. López-Salvá); “Pablo, las religiones de misterio y la salvación” (J. Alvar), y “Teología paulina y filosofía estoica” (J.R. Busto Sáiz).

Posteriormente, entre los complementos, hay un capítulo importante de J. Montserrat, que debemos mencionar en este lugar pues replantea con originalidad el debatido problema de si “existe una gnosis precristiana”. La respuesta a esta cuestión afecta a varios capítulos de este libro: al ya mencionado de M. López-Salvá sobre el posible trasfondo gnóstico de una parte del pensamiento de Pablo, al dedicado a la comprensión del “Evangelio de Juan como punto de encuentro entre el judaísmo y helenismo”, precisamente quizás en el ámbito de una posible gnosis incipiente (A. Piñero), y al capítulo orientado a dilucidar el puesto del cristianismo (preferentemente las teologías de Jesús, Pablo y el autor del IV Evangelio) en la religiosidad de su tiempo (A. Piñero).

Los escritos más tardíos del Nuevo Testamento (cartas deuteropaulinas, pastorales y católicas) y la influencia de la ética y religiosidad del helenismo es el tema tratado por J.R. Sánchez Caro en el capítulo “Escritos tardíos del Nuevo Testamento y helenismo”. Por último, la estructuración de la “jerarquía y el orden de la Iglesia según modelos helenístico-romanos” es considerado con detenimiento, por medio sobre todo de un estudio de vocabulario, por R. Teja.

Finalmente, hay un capítulo, ya someramente mencionado, que intenta ofrecer una visión sintética de la “confluencia del judaísmo y helenismo en la plasmación de la teología cristiana naciente”. Se trata de una visión global comparativa de la religión de Jesús de Nazaret y de sus nociones sobre la salvación con los conceptos correspondientes de sus dos seguidores más importantes en lo que afecta a la remodelación de su pensamiento religioso: Pablo y el autor del IV Evangelio (A. Piñero). El capítulo se interroga sobre el núcleo del cristianismo como una doctrina de la salvación rica, compleja y compacta en competencia con otras en el Alto Imperio romano, y se pregunta si este cristianismo pudo triunfar en el Imperio precisamente porque transformó en parte el mensaje de Jesús uniendo la esencia judía con lo mejor de las aspiraciones religiosas del mundo helenístico.

Tres complementos importantes concluyen con toda justicia y necesidad esta publicación. Ya hemos mencionado el anexo que se pregunta sobre la existencia de la “gnosis precristiana”. A lo largo de la discusión sobre el encardina­miento del cristianismo en el mundo de las religiones antiguas se ha hablado repetidas veces del “orfismo” y de la religión persa, y del influjo de ambas sobre el judaísmo helenístico y directa o indirectamente sobre el cristianismo. Sin embargo, es harto difícil encontrar en la bibliografía actual en castellano un tratamiento completo aunque breve de estos movimientos religiosos que ayuden al lector a formarse un criterio personal sobre el ámbito de ese pretendido influjo. El libro presente ofrece aquí una doble síntesis, del orfismo y de la religión persa, de la mano de dos conocidos especialistas de la materia. En el primero, “Orfismo y neopitagorismo”, A. Bernabé se pregunta si existió o no lo órfico, y si la respuesta es positiva cuáles fueron sus características. De un modo semejante, Anders Hultgård nos ofrece una excelente visión de la religión irania en la Antigüedad y un tratamiento claro y breve de su impacto en las religiones de su entorno, sobre todo judaísmo y cristianismo.

Cada uno de los autores de los capítulos del libro que el lector tiene entre sus manos es un conocido especialista en la materia, y ha escrito anteriormente sobre ella o sobre la época que le concierne. El editor literario ha sido en extremo respetuoso con las opiniones de cada uno de estos autores de las diferentes contribuciones, quienes son, a la postre, los únicos responsables de las ideas vertidas en las páginas de sus respectivos capítulos. Ha procurado además que el espectro de colaboradores en este libro sea lo más amplio y equi­librado posible: historiadores de la antigüedad, filólogos y teólogos, que pueden a priori representar diversas tendencias de la investigación, lo que contribuye sin duda al equilibrio del conjunto.

Como editor literario agradezco a los colaboradores el enorme interés mostrado en la confección del libro, pues no se limitaron sólo a la mera exposición oral del tema durante el Curso de Verano, sino que lo reelaboraron para la publicación. Me siento agradecido también a los responsables de la Universidad Complutense por su excelente acogida y apoyo, y finalmente a la editorial Verbo Divino por su aceptación del texto como libro que se presenta al público bajo su sello editorial.

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Ficha del libro

Título: Biblia y helenismo.
Editorial: El Almendro
Autor: Antonio Piñero
ISBN: 978-84-8005-091-3
Formato: 15X23 cm | Nº de páginas: 702 | Tapa dura

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