CONTENIDO
Introducción
I. QUÉ ES NECESARIO SABER PARA ENTENDER EL NUEVO TESTAMENTO
1. ¿QUÉ ES EL NUEVO TESTAMENTO?
2. CÓMO SE ESCRIBIÓ EL NUEVO TESTAMENTO
3. CÓMO SE FORMÓ EL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO
4. CÓMO HA LLEGADO EL NUEVO TESTAMENTO HASTA NOSOTROS
5. CÓMO LEER EL NUEVO TESTAMENTO HOY I. EL ENTORNO DEL NUEVO TESTAMENTO: EL LEGADO DEL JUDAÍSMO
CÓMO LEER EL NUEVO TESTAMENTO HOY II. EL ENTORNO DEL NUEVO TESTAMENTO: EL HELENISMO Y SU LEGADO
CÓMO LEER EL NUEVO TESTAMENTO HOY III. MÉTODOS QUE LA HISTORIA Y LA LITERATURA EMPLEAN HOY PARA ESTUDIAR Y ENTENDER EL NUEVO TESTAMENTO
EVANGELIOS. CONSIDERACIONES GENERALES
EL EVANGELIO DE MARCOS
EL EVANGELIO DE MATEO
EL EVANGELIO DE LUCAS
HECHOS DE LOS APÓSTOLES
EL EVANGELIO DE JUAN
CARTAS DE JUAN
¿PODEMOS FIARNOS DE LOS EVANGELIOS?
JESÚS DE NAZARET, FUNDAMENTO DEL NUEVO TESTAMENTO. SUMARIO DE UNA “VIDA” DE JESÚS SEGÚN UNA LECTURA CRÍTICA DE LOS EVANGELIOS
PABLO DE TARSO. EPÍSTOLAS AUTÉNTICAS
LA PRIMERA CARTA A LOS TESALONICENSES
CARTA A LOS GÁLATAS
CARTA A LOS FILIPENSES
CARTA A FILEMÓN
CORRESPONDENCIA CON LOS CORINTIOS I. PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS
CORRESPONDENCIA CON LOS CORINTIOS II. SEGUNDA CARTA A LOS CORINTIOS
EPÍSTOLA A LOS ROMANOS
VALORACIÓN DE PABLO. ¿PABLO FUNDADOR DEL CRISTIANISMO?
LA “ESCUELA” PAULINA
SEGUNDA EPÍSTOLA A LOS TESALONICENSES
EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES
EPÍSTOLA A LOS EFESIOS
CARTAS PASTORALES
EPÍSTOLA A LOS HEBREOS
EPÍSTOLAS CATÓLICAS: PRIMERA CARTA DE PEDRO
EPÍSTOLA DE SANTIAGO
EPÍSTOLA DE JUDAS
SEGUNDA EPÍSTOLA DE PEDRO.
EL APOCALIPSIS
UNA VISIÓN DE CONJUNTO DEL NUEVO TESTAMENTO. DESARROLLO DE LA DOCTRINA Y DE LAS INSTITUCIONES
APÉNDICE. GNOSIS Y NUEVO TESTAMENTO
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
GLOSARIO
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
El Nuevo Testamento es el libro más vendido, leído y comentado del mundo. De él se editan y venden unos quince millones de ejemplares al año. Cientos de millones de personas hacen de él su lectura asidua y la base de su vida espiritual. En Occidente al menos, la vida cultural y religiosa está impregnada de ideas y concepciones que derivan del Nuevo Testamento. A lo largo de los últimos veinte siglos este libro ha sido el faro que ha orientado la actuación de millones de personas que han consagrado su existencia a modelar el mundo conforme a la visión que de él emana. Tales hechos indican la importancia del Nuevo Testamento y avalan la idea de que cualquier persona culta, creyente o no, debe saber algo de él. Son textos demasiado importantes como para no preocuparse de que la gente se interese por ellos y los entienda bien, independientemente de su actitud de fe o increencia ante su mensaje.
El Nuevo Testamento es un conjunto de 27 obras compuestas hace casi dos mil años, y están redactadas desde unos puntos de vista y una mentalidad muy distantes y distintas de las de hoy día. Esta distancia sobre todo mental hace que en la práctica muchos de los contenidos, párrafos enteros de estas obras no se entiendan…, y por ello se lean poco. Para probarlo bastaría hacer una sencilla encuesta. Pidamos a una persona, que por su porte y apariencia tenga visos a priori de poseer una formación cultural media, que nos diga en dos palabras cuál es el mensaje de la Epístola a los Colosenses. Quizás hasta tome por loco al encuestador…, y seguro que no sabrá articular ni tres frase seguidas. Probablemente dirá que nunca la ha leído. Si a esa misma persona pudiéramos obligarla amistosamente a adentrarse durante un rato en esa Epístola (es cortita, y podría leerse en menos tiempo que el empleado en hojear un periódico), acabaría confesando que no la entiende bien. Lo mismo puede ocurrir con otras obras del Nuevo Testamento, incluso con pasajes largos de los Evangelios, aunque sean las obras más conocidas.
Tres, entre otras varias, pueden ser las razones de un cierto desinterés por convertir al Nuevo Testamento en libro de lectura asidua. La primera: la religión común está pasando horas bajas, mientras proliferan supersticiones y creencias fantasiosas que no se basan precisamente en un correcto entendimiento del Nuevo Testamento tal como fue escrito, es decir como lo pretendieron sus autores.
La segunda es la que antes apuntábamos: estos libros son muchas veces enigmáticos para los lectores del siglo XXI. Aunque las diversas iglesias o confesiones han ido transmitiendo, comentando y adaptando a los tiempos el contenido de los libros del Nuevo Testamento en sus sermones y obras de divulgación, la misma lejanía temporal de la fecha de composición del Nuevo Testamento hace que en bastantes casos ni el mismo clero los explique bien, con lo que indirectamente se contribuye a que esas obras se conviertan en textos poco o nada comprensibles para el hombre del presente siglo. Éste puede conocer las palabras que lee, pero es muy posible que se le escape –más veces de lo que piensa— el contenido verdadero que pretendió transmitir el autor.
La tercera: durante centurias la Iglesia católica, a diferencia de otras confesiones en especial las protestantes, no ha fomentado en absoluto la lectura de la Biblia; incluso llegó a prohibirla siglos atrás. Esta actitud, hoy parcialmente reformada, ha dejado un poso de apartamiento de los textos fundamentales del cristianismo difícil de eliminar.
Sin embargo, el Nuevo Testamento sigue y seguirá siendo un libro básico. Nunca podríamos exagerar bastante la importancia cultural que los escritos del Nuevo Testamento tienen, a pesar de todo, en el mundo en el que vivimos. Se puede prescindir del aspecto religioso de su contenido, pero todo individuo culto de Occidente es de un modo u otro “cristiano”, respira la “atmósfera” que emana del Nuevo Testamento y de la Iglesia que en él se basa, con sus dogmas y sus ritos. Esta “atmósfera” ha modelado durante siglos la sociedad que se autotitula occidental.
La obra presente intenta paliar este déficit de comprensión e interés por el Nuevo Testamento. Procura tomar por la mano a un lector que no acaba de entender estos importantes escritos y desea conducirle paso a paso por los vericuetos de sus textos. Pretende ser una ayuda, una guía sencilla en lo posible que le explique breve y claramente las claves de lectura que le orienten para comprender el contenido de estos libros según la mente del autor que los escribió.
Así pues, se trata ante todo de entender, de comprender con exactitud qué es lo que quiso o pretendió transmitir y comunicar cada texto del Nuevo Testamento cuando se compuso, y cómo debieron entenderla los primeros lectores a los que fue dirigida. Para entender bien estas obras es muy conveniente adelantar al lector unos pocos conocimientos previos que le será conveniente tener en cuenta: en qué ambiente nacieron, qué ideas religiosas, filosóficas, etc., imperaban en la atmósfera en la que se concibieron, cómo reaccionaron frente a tales ideas los autores, qué sociedad y situación histórica concretas hicieron que las obras del Nuevo Testamento fueran de ésta u otra manera, cómo han llegado hasta nosotros a lo largo de los siglos…
En un segundo momento ayudará mucho a la comprensión del Nuevo Testamento desde un punto de vista histórico que el lector tenga una visión de conjunto, como a vista de pájaro, de la vida y significado de Jesús de Nazaret, la base y el centro sobre el que gira el primer corpus de escritos cristianos.
Posteriormente esta Guía intentará hacer una presentación, también de conjunto, de las líneas de pensamiento que comienzan a interpretar la vida, misión y figura de Jesús y las ofrecen a un público nuevo, de modo que el lector llegue a formarse una idea suficientemente clara de cómo y por qué se fue desarrollando el bloque de nociones teológicas, ritos e instituciones que deja traslucir el Nuevo Testamento. Así se examinarán las que fueron las primeras reinterpretaciones de la vida, misión y figura de Jesús hasta Pablo de Tarso. En estos primeros años se darán pasos de gigante en la conformación de una teología propiamente cristiana.
Finalmente intentaremos tener una perspectiva de la literatura cristiana primitiva después de Pablo. Esta Guía intentará situar brevemente cada obra del resto del Nuevo Testamento en su momento histórico ofreciendo en cuanto es posible sus claves de lectura.. En esta cuarta parte tendrán también su hueco a menudo cuestiones de estructura y composición de los diversos escritos, junto con otros temas de su historia de la composición, como quiénes fueron sus destinatarios, ya que cada autor tenía en mente un determinado círculo de lectores que influía en su modo de presentar su intención, mensaje e ideas que deseaba transmitir.
Estas intenciones determinan la estructura de la presente Guía que está dividida en cuatro partes:
I Cosas que es conveniente saber para entender mejor el mundo del Nuevo Testamento.
II El fundamento del Nuevo Testamento, Jesús de Nazaret: ¿cómo podemos concebir hoy que fue la vida y obra del Jesús de la historia?
III Las primeras reinterpretaciones de Jesús: desarrollo histórico de las ideas, ritos e instituciones en los primeros momentos incluido Pablo de Tarso.
IV Visión de conjunto del resto del Nuevo Testamento. Claves de lectura de estos escritos y de las cuestiones en ellas implicados.
Tenemos motivos sobrados para ser moderadamente optimistas en cuanto a las posibilidades de comprensión del Nuevo Testamento… a pesar de los muchos siglos pasados desde su composición. Con un poco de esfuerzo es posible estar seguros de que se entienden suficientemente bien las líneas generales del pensamiento de cada una de las obras de esta colección. Gracias a la aplicación sistemática y consecuente de los métodos que historiadores y filólogos han ido desarrollando en los últimos doscientos años en el estudio de los libros de la Antigüedad es posible hoy acercarse y comprender bien qué sentido tiene cada texto del Nuevo Testamento primero en sí mismo y en segundo lugar en el ámbito o contexto de la historia del cristianismo primitivo.
Por el contrario, algunos creyentes opinan que al ser el Nuevo Testamento un libro sagrado, “inspirado”, no se le pueden aplicar las técnicas utilizadas para la interpretación de otros textos antiguos, no sagrados. Sólo deben ser leídos desde la fe. Solamente ésta es capaz de desentrañar el contenido sustancial del NT, su misterio casi insondable. O también: sólo teólogos profesionales y creyentes pueden extraer de ellos la profunda verdad que contienen. Pienso que algunos lectores expresarían así estas ideas: ¿cómo puede pretender un autor que sólo considera el NT desde un punto de vista histórico, racionalista y filológico escribir una Guía para entender el NT? ¿Cómo va a enseñar a entender quien en realidad no entiende nada, pues no trae en consideración el elemento sobrenatural?
Adelantándome a estas posibles críticas respondería: utilizar para el NT las categorías de “misterio casi insondable” o “verdad profunda alcanzable sólo por la fe” sería renunciar al uso de la única facultad que tenemos para conocer, nuestra razón. Además, estas afirmaciones no nos parecen correctas porque si intentáramos fundamentarlas estaríamos razonando en círculo. La base de semejante pretensión sólo podría ser el argumento arriba expuesto: estos libros no pueden ser examinados críticamente por ser sagrados. Ahora bien, ¿por qué son sagrados? Porque son la palabra de Dios. ¿Quién lo afirma? La Iglesia con todo su poder sobrenatural. ¿De dónde obtiene la Iglesia este poder? Naturalmente, de haber sido fundada por Jesús tal como afirman estos libros. Por tanto estos libros apoyan su sacralidad en la voz y autoridad de la Iglesia, y ésta fundamenta su poder en que así lo afirman los libros sagrados y en lo ocurrido con Jesús tal como en ellos se cuenta. El razonamiento es un círculo perfecto: el carácter sacro del Libro se fundamenta en la Iglesia, y ésta obtiene su autoridad del Libro.
Queda, pues, claro que no podemos admitir este tipo de razonamiento. No es sólo la teología o la fe las que tienen una voz competente para presentar ante el lector del siglo XXI la plenitud de sentido de estos textos religiosos, sino sobre todo la investigación literaria, la filología y el conocimiento de la historia de la época. Las afirmaciones teológicas entran también de lleno en el campo de la investigación de la historia antigua, en concreto de la historia de las ideas, y por ello no se escapan de las leyes científicas que rigen una indagación estrictamente histórica. Esta es la razón por la que las obras contenidas en el Nuevo Testamento pueden y deben ser estudiadas sin necesidad de pensarlas obligatoriamente como "inspiradas" y portadoras de una revela-ción. Son en primer lugar documentos informativos de una época en la que los mensajes religiosos (y de otro tipo) se transmitían no con la asepsia científica de hoy día, sino de acuerdo con los maneras de aquellos momentos.
Así pues, para lograr el objetivo propuesto –primero entender; luego juzgar— aplicaremos a las obras del Nuevo Testamento las mismas técnicas que se utilizan para analizar otros textos legados por la Antigüedad, por ejemplo, las obras de Julio César, de Tito Livio o las de Epicteto y Tucídides. Gracias a ellas intentaremos extraerles toda la información posible que ayude a su comprensión. Las obras del Nuevo Testamento son un producto humano e hijas de su tiempo; sólo se destaca entre las muchas obras que nos ha transmitido la antigüedad grecolatina y judía por la trascendencia cultural y religiosa que le han otorgado los siglos, en verdad infinitamente superior a otros productos de ese mismo legado. Pero este hecho indudable no afecta al modo de comprensión ni a los métodos que debemos emplear para analizarlas y entenderlas.
Esta Guía intenta no asumir de antemano ningún partido en pro o en contra de la posibilidad de la revelación. Una vez bien entendidos los textos, cada lector adoptará ante ellos la postura que considere conveniente…, una postura que muchas veces se reservará para el ámbito de la intimidad. Debemos insistir, sin embargo: primero es necesario entender. Luego vendrá qué posición se adopta ante los textos. Como paso previo e indispensable para una fe o una increencia meditadas es preciso saber con seguridad qué es en realidad lo que afirman escritos tan lejanos en el tiempo como los que componen el Nuevo Testamento.
El presente libro intenta ser lo más claro y didáctico posible, y no presupone en el lector ningún conocimiento técnico previo. Si fuere necesario emplear vocablos de la terminología científica, se procurará explicarlos en el texto mismo, o bien el lector encontrará una aclaración de ellos en el glosario impreso al final del libro. Ya de antemano pido excusas a los especialistas de la materia –si este libro cae por casualidad en sus manos— por el afán de explicar y aclarar incluso cosas que ellos considerarán básicas o elementales.
EPÍLOGO
El Nuevo Testamento es como conjunto ideológico uno de los grandes monumentos del espíritu humano. Con razón ha sido calificado como una “maravillosa catedral” cuyos materiales son los elementos de su teología y religiosidad. Su grandeza se percibe más nítidamente cuando se contempla el imponente y complejo arco de su pensamiento dentro de las coordenadas del siglo I y en el devenir formado por los casi cien años que duró su composición. Cada pieza aislada, cada obra de las que componen este mosaico, adquiere así en la consideración histórica global, una dimensión aún más monumental.
Sin embargo, ninguna de las ideas teológicas del Nuevo Testamento, consideradas aisladamente, es original. La teología de este corpus no es un meteorito de una revelación única y especial descendida de una vez del cielo, sino que es el producto de la historia teológica, social y literaria anterior a él. Por eso es tan importante el rastreo, aunque somero, de los sistemas de ideas religiosas y filosóficas anteriores al cristianismo que forman la primera parte de este libro. Pero el ensamblaje de las piezas dentro del Nuevo Testamento, el conjunto final o resultado, es profundamente original dentro del marco de la religiosidad del siglo I. El cristianismo es como un gran lago al que afluyen aguas de muy diversas procedencias. Dentro de él se mezclan pausadamente, y cuando rebosan para formar un gran río, éste tiene corrientes que son ya diversas a las que entraron en el reservorio primero. Por ejemplo, el Nuevo Testamento supone una sublimación y cambio de valores respecto a los del legado judío que recibe: extensión de la sabiduría, reservada normalmente a los selectos, a las clases bajas, a las mujeres y a los gentiles; ampliación por una parte del concepto de santidad y pureza al pueblo todo y, por otra, una menor o ninguna insistencia en los preceptos de la pureza ritual; una inversión profunda en la valoración de la riqueza y la pobreza, y una ampliación del concepto de pueblo elegido a toda la humanidad.
El Nuevo Testamento es un producto de la historia eclesiástica que unió en un solo libro una multitud de obras nada sencillas para formar un todo. La diversidad misma de sus piezas en sí complejas fundamenta su riqueza y su complejidad final. Una visión completa del Nuevo Testamento sólo se consigue contemplándolo con ojos de historiador, pues la exégesis –la recta interpretación— es ante todo historia. Extraer cualquier obra del Nuevo Testamento de la mentalidad y la problemática religioso-filosófica-social del Mediterráneo oriental del siglo I de nuestra era significa no comprenderla. A lo largo de la historia del cristianismo se ha cometido continuamente la misma equivocación de sacar de su contexto al Nuevo Testamento, lo que ha conducido a fatales errores de interpretación. Lo mismo ocurre hoy día cuando se hace decir continuamente, en sermones u obras de teología, a Jesús o a sus seguidores cosas en las que jamás habrían pensado. Toda acomodación de las ideas del Nuevo Testamento al mundo de hoy ha de empezar por comprender exactamente qué es lo que se dijo en aquel contexto o qué quiso transmitir el autor de cada obra en su momento.
Un ejemplo claro es el debate de la helenización del cristianismo cuyos inicios se sitúan en la época de los Padres Apologetas (mediados del siglo II) o un poco después con la exégesis de los Alejandrinos, Clemente y sobre todo Orígenes. Este planteamiento es un desenfoque histórico, puesto que la helenización del cristianismo comienza con su nacimiento mismo. El judaísmo del que nace ya estaba profundamente helenizado. A ello se añade el que en los inicios mismos, cuando empiezan las formulaciones teológicas serias del cristianismo con Pablo de Tarso, cuando éste presenta su mensaje sobre Jesús al efervescente “mercado” religioso del siglo I, lo hace envuelto en el ropaje ideológico del vocabulario y conceptos de las religiones del momento y con una terminología tomada de la atmósfera gnóstica que entonces imperaba. El cristianismo que muestra el Nuevo Testamento es ya profundamente helénico y profundamente judío en el acto mismo de su concepción. Ignorar este hecho es no entenderlo.
El nuevo Testamento que hoy tenemos se ha transmitido a lo largo de una tortuosa peripecia documental. Es también un producto de la historia, y en concreto de la historia de la transmisión de sus textos. No poseemos los originales que salieron de las manos de sus autores. Aunque estamos bastante seguros de que lo que ahora editamos como Nuevo Testamento se parece mucho al producto original, también este resultado es un acto de la historia. Depurar las corrupciones del texto y sus múltiples variantes es tarea hercúlea aún no terminada. La variedad misma del texto a nuestra disposición incita a la modestia a la hora de afirmar la absoluta verdad de una interpretación.
Cada escrito del Nuevo Testamento es la bandera de una escuela teológica entre las conside¬radas “ortodoxas” a mediados del siglo II. Frente las variaciones, a veces grande, en los detalles hubo un consenso. La formación del canon consistió en admitir en el seno de la Gran Iglesia los escritos programáticos de las principales corrientes teológicas, que mostraran una cierta unidad con el conjunto, la regla general de la fe. Pero ello supuso la consagración de una enorme diversidad dentro del cristianismo. El Nuevo Testamento, bien considerado, encierra la lección de la plurali¬dad. La formación del canon, al solidificar en un conjunto escritos tan variados, significó más bien un espaldarazo a la pluralidad de confesiones cristianas que una llamada a la homogeneidad.
El Nuevo Testamento es el testimonio de una gran construcción teológica que reinterpreta la figura y la misión de una figura histórica, Jesús de Nazaret. Pero al analizar esta reinterpretación de un modo global, como lo hace esta Guía, se cae en la cuenta del salto teológico que supuso lo que fue esta figura y lo que de ella se dijo que fue, posteriormente. Esta Guía ayuda a confirmar la existencia de este salto ideológico –una nueva noción de mesianismo, la divinización de Jesús y la construcción de una cristología en torno suyo y la constitución de la Iglesia— y de su importancia trascendental. Sobre todo corrobora que el edificio teológico que se construye a lo largo de un siglo de reflexión (más o menos desde el 30 al 120/ 130 d.C.: muerte de Jesús conclusión de la última obra del Nuevo Testamento, la Segunda Carta de Pedro) es el producto directo de las primeras reinterpretaciones de Jesús. No es indiferente para la teología llegar a saber con certeza histórica y moral que Jesús y su pensamiento religioso se enmarcaron en unas determinadas coordenadas y no en otras.
Una de las grandes tareas que tiene ante sí la teología del siglo XXI es encarar el problema del hiato entre lo que fue Jesús y lo que de él se dijo. El credo de la Iglesia tiene poco que ver con el credo del Jesús histórico y eso debe ser explicado claramente en las clases de teología. Se ha dicho que al Jesús de la historia le habrían resultado absolutamente aceptables los tres primeros versículos del credo actual, pero que le habrían desconcertado los veinticuatro restantes. El estudio de la llamada “cristología implícita” es un camino ya emprendido para explicar este fenómeno, pero creemos que no es bastante. Ante los resultados de la investigación histórica del NT que pone de relieve toda su imponente y novedosa ideología respecto a Jesús es necesario, hoy más que nunca aclarar por qué esto es así. Ésta será la única y noble manera de construir un cristianismo actual sobre la base de una comprensión recta del Nuevo Testamento y sobre la verdad que la investigación histórica impone.