APÓCRIFOS DEL ANTIGUO Y DEL NUEVO TESTAMENTO

Selección de Antonio Piñero

Se conoce con el nombre de «apócrifos» todos aquellos textos que por una razón u otra no han sido incluidos a lo largo del tiempo entre los libros sagrados canónicos del judaísmo y el cristianismo, cuyo establecimiento definitivo culminó (por lo que concierne a la Iglesia católica) en el Concilio de Trento (1546). De índole sumamente variada, narran desde vidas y episodios de los más diversos personajes de ambos testamentos hasta textos sapienciales.

No pocas veces versan sobre etapas o puntos oscuros de la vida de Jesús y sus discípulos, no se pliegan a la doctrina oficial y son rechazados como «heréticos». APÓCRIFOS DEL ANTIGUO Y DEL NUEVO TESTAMENTO es una antología a cargo de ANTONIO PIÑERO, destacado especialista en este tema, que reúne los más sustanciales y controvertidos de ellos.

La introducción, a cargo del propio Piñero, aclara de forma ejemplar la problemática que suscitan estos textos, así como el justo lugar que se les debe asignar, principalmente como elementos válidos para la historia de la teología y de las ideas religiosas, así como para la historia de la iconografía y de la literatura cristianas.

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Prólogo
Introducción

APÓCRIFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

1. EXPANSIONES DEL ANTIGUO TESTAMENTO

1.1 LIBRO DE LOS JUBILEOS O DE LA DIVISIÓN DE LOS DÍAS
1.2 VIDA DE ADÁN Y EVA 
1.3 LIBRO DE LAS ANTIGÜEDADES (PSEUDO FILÓN)
1.4 ASCENSIÓN DE ISAÍAS / MARTIRIO DE ISAÍAS
1.5 NOVELA DE JOSÉ Y ASENET
1.6 VIDAS DE LOS PROFETAS

1.7 PARALIPÓMENOS DE JEREMÍAS 

1.8 APÓCRIFO DE JEREMÍAS SOBRE LA CAUTIVIDAD DE BABILONIA
1.9 LIBRO III DE ESDRAS

2. OBRAS APOCALÍPTICAS

2.1 LIBRO I DE HENOC

2.1.1. Libro de los Vigilantes 
                               2.1.2. Primer Libro de los viajes celestes de Henoc
                               2.1.3. Libro del curso de las luminarias celestes
                               2.1.4. Libro de las visiones y los sueños
                               2.1.5. Libro de las enseñanzas y castigos
                               2.1.6. Libro de Noé
                               2.1.7 Apocalipsis de las diez semanas del mundo
                           

2.2. CICLO POSTERIOR DE HENOC

2.2.1 Libro de las parábolas de Henoc
2.2.2. Libro de los secretos de Henoc (2 Henoc)
                                               2.2.3. Libro de los palacios o Libro hebreo de Henoc (3 Henoc)

2.3. APOCALIPSIS DE ABRAHÁN
2.4. APOCALIPSIS DE SOFONÍAS
2.5. APOCALIPSIS DE SEDRAC
2.6. APOCALIPSIS SIRÍACO DE BARUC (2 BARUC)
2. 7. APOCALIPSIS GRIEGO DE BARUC (3 BARUC)
2.8. APOCALIPSIS DE ELÍAS
                            2.9. CICLO DE ESDRAS
2.9.1. Libro IV de Esdras
2.9.2. Libro V de Esdras
2.9. 2 Libro VI de Esdras o Libro del profeta Esdras
                                               2.9.3. Apocalipsis griego de Esdras
                                               2.9.4. Visión de Esdras
2.10. ORÁCULOS SIBILINOS JUDÍOS

3. LITERATURA DE “TESTAMENTOS”
3.1. TESTAMENTO DE ADÁN
3.2. TESTAMENTO DE ABRAHÁN
3.3. TESTAMENTO DE ISAAC
3.4. TESTAMENTO DE JACOB
3.5. TESTAMENTO DE LOS DOCE PATRIARCAS
3.5.1.  Testamento de Rubén         
3.5.2. Testamento de  Simeón
3.5.3.  Testamento de Judá
                               3.5.4.  Testamento de Leví
                               3.5.5.  Testamento de José
                               3.5.6.  Testamento de Neftalí
3. 6. TESTAMENTO DE MOISÉS O ASUNCIÓN DE MOISÉS
3. 7. TESTAMENTO DE SALOMÓN
3. 8. TESTAMENTO DE JOB

4. LIBROS SAPIENCIALES
                        4.1. CARTA DE ARISTEAS
                               4.2. LIBRO III DE LOS MACABEOS
                               4.3. LIBRO IV DE LOS MACABEOS
4.4. PROVERBIOS O DICHOS DEL PSEUDO FOCÍLIDES

5. SALMOS, ORACIONES Y LITERATURA HÍMNICA
5.1. SALMOS DE SALOMÓN
5.2. ORACIÓN DE MANASÉS

 

II. APÓCRIFOS DEL NUEVO TESTAMENTO

 

1. EVANGELIOS APÓCRIFOS

    1. TEXTOS FRAGMENTARIOS. EVANGELIOS CONOCIDOS POR CITAS DE LOS PADRES

1.1.1. Evangelio de los nazarenos
1.1.2. Evangelio de los hebreos
1.1.3. Evangelio de los ebionitas o de los Doce
1.1.4. Evangelio de los egipcios

1.2.  EVANGELIOS DE TÍTULO DESCONOCIDO
1.2.1 Papiro Egerton 2
1.2.2. Papiro ¿de? Oxirrinco 840
1.2.2. Evangelio del Salvador o Evangelio desconocido de Berlín 22220

1.3. EVANGELIOS DE LA NATIVIDAD E INFANCIA DE JESÚS
1.3.1. Protoevangelio de Santiago
1.3.2. Evangelio del Pseudo Mateo
1.3.3. Evangelio del Pseudo Tomás, filósofo israelita
1.3.4. Evangelio árabe de la infancia
1.3.5. Historia de José, el carpintero

1.4. EVANGELIOS DE LA PASIÓN Y LA RESURRECCIÓN
1.4.1. Evangelio de Pedro
1.4.2. Evangelio de Nicodemo
1.4.2.1. Primera parte: Actas de Pilato
1.4.2.2. Segunda parte: Descenso de Cristo a los infiernos
1.4.3. Evangelio de Bartolomé

1.5.  EVANGELIOS ASUNCIONISTAS
1.5.1. Libro de san Juan evangelista, el teólogo
1.5.2. Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica
1.5.3. Tránsito de la bienaventurada virgen María
               
               1.6. EVANGELIOS GNÓSTICOS
Evangelios probablemente del siglo II
16.1. Evangelio de Judas
                               1.6.2. Evangelio según Tomás
                               1.6.3. Evangelio según María
                               1.6.4. Libro secreto de Juan
1.6.5. Diálogo del Salvador
1.6.6. Evangelio de los egipcios de Nag Hammadi
                               1.6.8. Evangelio de la Verdad
           

Evangelios probablemente del siglo III

1.6.9. Evangelio según Felipe
                               1.6.10.   Sabiduría de Jesucristo
                               1.6.11. Libro de Tomás el Atleta
1.6.12. Los dos libros de Yeú

2. HECHOS DE LOS APÓSTOLES
                        2.1. Hechos de Andrés
                               2.2. Hechos de Juan
                               2.3. Hechos de Pedro
                               2.4. Hechos de Pedro ¿de? Nag Hammadi
2.5. Hechos de Pablo
2.6. Hechos de Pablo y Tecla
                               2.7. Hechos de Tomás
                               2.8. Hechos de Felipe
2.9. Predicaciones de Pedro (Homilías Pseudoclementinas)

3. EPÍSTOLAS
3.1. Correspondencia entre el rey Abgaro y Jesús
3.1.1.Carta escrita por el rey Abgaro a Jesús y enviada a Jerusalén por medio del correo Ananías
         3.1.2. Respuesta de Jesús al príncipe Abgaro por medio del correo Ananías
3.2. Correspondencia entre Pilato y Herodes
3.2.1. Carta de Pilato a Herodes
3.2.2. Carta de Herodes a Pilato

3.5. Carta a los cristianos de Laodicea
3.6. Epístola de Tito sobre la castidad
3.7. Epístola secreta de Santiago
3.8. Carta de Pedro a Felipe (Nag Hammadi)
                               3.9. Carta de los apóstoles o Epistula Apostolorum

4. APOCALIPSIS CRISTIANOS NO GNÓSTICOS
                            4.1. Apocalipsis de Pedro
                               4.2 Apocalipsis de Pablo
                               4.3. Apocalipsis de Tomás
4.4. Ascensión de Isaías II. Visión de Isaías
4.5. Oráculos Sibilinos cristianos

5. APOCALIPSIS CRISTIANOS GNÓSTICOS
5.1. Apocalipsis de Adán
                                5.2. Apocalipsis de Pedro gnóstico
                                5.3. Apocalipsis de Pablo gnóstico
 5.4. Primer apocalipsis de Santiago
                5.5.  Segundo apocalipsis de Santiago

6. POESÍA HÍMNICA APÓCRIFA
6.1. Odas de Salomón

BIBLIOGRAFÍA
Índice analítico de materias

 

 

PRÓLOGO

 

Este libro es una selección de textos de los escritos apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Son muchas las obras de autores judíos y cristianos que, ya sea por su título o contenido , o por su presunto autor, han mostrado pretensiones de ser consideradas sagradas y de ingresar en el selecto grupo, o lista, de “libros canónicos” o inspirados, pero no lo han conseguido.
Sin embargo, no por eso dejan de ser importantes, pues reflejan –sobre todo en el caso de los apócrifos veterotestamentarios una teología y religiosidad que en muchos casos fue más determinante para el desarrollo del primer cristianismo que el Antiguo Testamento mismo, a pesar de su carácter de sagrado.
Los textos apócrifos son muchos y no todo su contenido es importante. Por eso ofrecemos aquí una selección para que el lector pueda hacerse una rápida idea de los pasajes más relevantes y de sus ideas más sobresalientes.
Presentamos los textos bajo un doble epígrafe: por un lado hemos pretendido agruparlos por un cierto orden cronológico y, por otro, según su pertenencia a un cierto género literario. Como la casi la totalidad de los autores de estas obras apócrifas nos es desconocido, y como desconocemos muchas veces las circunstancias y fechas de su composición, el agrupamiento cronológico no puede ser más que global o tentativo.
Tampoco es fácil una ordenación por temas, porque no se trata de obras de teología o religiosidad sistemáticas. Repiten. Por ello facilitamos al lector al final de la obra un breve índice de materias que le ayuden a seleccionar los textos que puedan interesarle por algún motivo determinado.
La breve bibliografía que acompaña a este volumen hace referencia fundamentalmente a las grandes colecciones de apócrifos publicadas en las lenguas cultas más importantes, no a las ediciones críticas de las que hemos obtenido los textos. Estas ediciones aparecen señaladas en las colecciones pertinentes. Todos los textos que aquí ofrecemos han sido traducidos por especialistas a partir de las lenguas originales, hebreo, arameo griego o latín, o cuando la primera versión se ha perdido de las lenguas antiguas a las que las obras fueron traducidas: copto, etíope clásico, eslavo antiguo, siríaco o árabe.

 


INTRODUCCIÓN

 

Canónico y apócrifo

El término “apócrifo” o “literatura apócrifa” se comprende hoy día a partir del concepto opuesto: “libros o literatura canónica”. Un libro “canónico” es el aceptado como sagrado por la Iglesia (o también por el judaísmo, si se habla del Antiguo Testamento [AT]), y merecedor de formar parte del número de textos que constituyen la Biblia en sus dos partes, Antiguo y Nuevo Testamento (NT). ¿Qué se entiende entonces por “apócrifo”? Si nos atenemos al significado que tiene este vocablo hoy día, la respuesta es lo dicho anteriormente  “lo contrario a canónico”, no sagrado;  por tanto: escrito no admitido en la lista de libros de la Biblia (AT/NT), aunque con pretensiones de estar en ella por su tema, género o pretensión de autoría.
Sin embargo, para llegar a esta significación el vocablo “apócrifo” pasó por una serie de etapas. El término aparece ya en Ireneo de Lyon  (hacia el 180 d.C.), y deriva del griego apokrýptô, que significa “ocultar”. En principio, un libro “apócrifo” es aquel que conviene mantener oculto por ser demasiado precioso, no apto para que caiga en manos profanas. También se designaban con el vocablo “apócrifo” los libros que procedían o contenían una enseñanza “secreta”. Así, ciertos filósofos de la antigüedad afirmaban que sus doctrinas procedían de libros secretos orientales (gr. apókrypha biblía). Esta primera acepción aparece como normal en escritores eclesiásticos cristianos de los primeros siglo, como Clemente de Alejandría (Stromata I 15,69,6). Rápidamente, sin embargo, y precisamente porque tales libros eran utilizados por grupos más o menos apartados de la Gran Iglesia, el vocablo apócrifo adquirió el sentido de “espurio” o “falso”. Así ya en Ireneo de Lyon, o Tertuliano (hacia el 200). A partir de tales autores se ha generalizado esta acepción hasta hoy.
            La lista de los “apócrifos” del Antiguo Testamento y Nuevo Testamento depende, como hemos indicado, de la definición del “canon” por parte de la Iglesia.

La formación de la lista de libros sagrados del  Antiguo Testamento

El proceso de formación del canon del Antiguo Testamento es obscuro y complejo e ignoramos en verdad cuáles fueron los motivos estrictos por los cuales ya a mediados del siglo II a.C. existía entre los judíos de todas las regiones la conciencia clara de que –entre toda la literatura religiosa que podía circular en Israel y la Diáspora- algunos libros eran absolutamente sagrados e inspirados por Dios.
En primer lugar la Ley divina otorgada por Dios directamente a Moisés. Según la creencia universal judía desde después del Exilio a Babilonia (siglo V a.C.) los libros de la Ley eran cinco (se solía añadir también Josué) y habían sido dictados por Dios mismo a Moisés como complemento al Decálogo.
En segundo,  los “Profetas” tanto los más importantes, los “mayores” (Isaías, Jeremías, Ezequiel…, etc.) como los “menores” . Estos últimos eran más numerosos que los que hoy conocemos por este término y que se imprimen en nuestras Biblias al final del Antiguo Testamento (Joel, Amos, Absías, Jonás…, etc.), pues incluían también los profetas que aparecían dentro de los libros de Samuel y de los Reyes, como el famoso profeta Natán (2 Sam 7 ) que predijo a David la realeza eterna en Israel de monarcas procedentes de su estirpe.
            En tercer lugar los “Escritos”, es decir el resto de las obras.  Que se calificaban como “himnos”,  “salmos”, “proverbios”.
 Según la tradición judía, la determinación más ajustada del canon bíblico básico (la “Ley”, los “Profetas” y algunos “Escritos”) procede de los años 90-100 d.C., cuando tuvo lugar por una declaración de Gamaliel II y sus colegas en Yabne (Yamnia). Pero sabemos que este canon era aún fluido, no estaba plenamente fiormado, pues antes de la segunda Gran revuelta judía contra Roma, en los años132-135, el famoso Rabí Aquiba todavía discutía sobre el carácter canónico, o no,  del Cantar de los Cantares. La canonicidad del resto de los “Escritos” (por ejemplo: Eclesiástico,  Esdras y Nehemías) se siguió discutiendo entre los judíos durante todo el siglo II d.C.  y sólo más tarde –en una época imprecisa- quedó constituido como hoy día.
La iglesia cristiana, sin embargo, no se sintió obligada a aceptar esta lista tan breve y continuó utilizando como sagrados/canónicos los libros de la versión de los Setenta (en total, 42 libros, incluyendo los “deuterocanónicos”, véase más abajo). La moderna investigación mantiene que en líneas generales la temática de los escritos deuterocanónicos coincide con las de otros escritos parabíblicos o apócrifos de Qumrán, redactados en arameo y relacionados con la Diáspora judía oriental que recogen tradiciones literarias y folclóricas de sabor bíblico. La decisión formal  respecto al canon sólo se tomó en el Concilio de Trento (1546).
La lista de libros sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento contribuyó en grado notable a conformar la identidad de los cristianos frente a los judíos y ayudó a consolidar conceptos fundamentales de la estructura de la Iglesia naciente: los cargos eclesiásticos y el concepto de doctrina recta.

La formación de la lista de libros sagrados del Nuevo Testamento

La formación del canon del Nuevo Testamento  es igualmente compleja, lenta y llena de altibajos. Debemos confesar, sin embargo, que la historia es aquí obscurísima, y que la iglesia antigua apenas si ha dejado fuentes directas que aclaren el porqué de la selección de escritos canónicos, y los motivos que le impulsaron a constituir tal grupo selecto rechazando otros. Lo que el investigador se encuentra en este campo, como producto de los esfuerzos de estudiosos anteriores, es más bien reconstrucción e hipótesis, aunque con un buen grado de verosimilitud.
Desde el punto de vista histórico, las opiniones sobre la formación del canon del Nuevo Testamento se dividen grosso modo en tres campos delimitados:
El primero considera que tal proceso fue una acto evolutivo pero espontáneo dentro de la iglesia cristiana en la primera mitad del s. II. Una institución religiosa como la cristiana que se iba apartando progresivamente del judaísmo necesitaba su texto sagrado, tanto para afianzarse en su fe como para las discusiones doctrinales con judíos y herejes. Ésta norma libraria se fue formando progresivamente por medio de la vene­ración que rodeaba los textos leídos en las reuniones litúrgicas y por el consenso de los diversos grupos de creyentes sobre qué libros procedían de los apóstoles y cuáles no.
El segundo atribuye la formación del canon a un acto deli­berado y positivo de política eclesiástica. Probablemente fue en Roma -por su preponderancia política y económica y en donde se había reunido una masa importante e influyente de cristianos-, en la que debía de haber copias de todos los escritos que se iban considerando santos, en donde tuvo lugar este acto positivo de selección. El detonante fue, con probabilidad, la actitud del heresiarca Marción, que había fundado su propia iglesia en la misma capital del Imperio. Este personaje había constituido su propio corpus de escritos sacros que consistía en un evangelio, el de Lucas, severamente cercenado en todo aquello que pudiera parecer un elogio del AT, y diez epístolas paulinas también expurgadas bajo este mismo criterio.
Para poseer una base firme a la que apelar contra este y otros herejes del s. II la Iglesia debió de sentir la necesidad de dotarse de semejante instrumento: un conjunto de escritos sagrados e intocables. Este menester fue aún más angustioso cuando a finales del s. II se extendió por la Iglesia la crisis montanista. En este movimiento heterodoxo era absolutamente primario el logos vivo del Espíritu Santo, que actuaba en los nuevos profetas de la comunidad. Primero era la profecía; luego, los textos escritos. La Iglesia oficial, por el contrario, en la que los profetas no desempeñaban, ni mucho menos, un papel tan importante, y en la que el episcopado era ya una instancia controladora firme, necesitaba de una norma externa y fija en la que fundamen­tar su doctrina y oponerse a las novedades que procla­maban los nuevos profetas, sobre todo en el campo de la ética. Por esta necesidad y con el consenso de otras iglesias, debió de consti­tuirse en Roma, gracias a un acto positivo, pero del que no han quedado noticias expresas por el localismo del hecho, el núcleo del canon que perdura hasta nuestra época.
El tercero acepta que fue el hereje Marción el primero en formar un canon de Escrituras sagradas. Pero su ejemplo sirvió sólo de catalizador para un proceso que en la Gran Iglesia aún habría de durar y cuyos inicios existían ya antes, pues hacía tiempo que la Iglesia consideraba como sagradas las “palabras del Señor” y más tarde algunas epístolas de Pablo y algún apocalipsis como el de Pedro o el de Juan, y honraba como honorables los libros que los contenían. Pero la Iglesia no reaccionó inmediatamente creando otro canon de Escrituras –se argumenta— sino sólo insistiendo y fortaleciendo el “canon de la fe”, es decir, creando una especie de credo o “regla de la fe” universal (por consenso entre los “ortodoxos” y que se trasluce en los escritos de éstos), que más tarde serviría como una de las normas de medida para ver si un escrito merecía entrar en el canon de las Escrituras o no. Esta creación del canon se produjo más bien de manera gradual, como apunta la primera postura que hemos reseñado.
            Los motivos por los que se formó la lista de libros sagrados no nos son conocidos tampoco por ninguna declaración eclesiástica expresa, pero se deduce de los textos de los escritores cristianos de los siglos II y III que fueron los siguientes:

            · El primero fue la conformidad del contenido de un pretendido escrito sagrado con lo que se llamaba la regla de la fe, o canon de la fe, es decir, la congruencia teológica del contenido de un escrito con pretensiones de “santo” con lo que la tradición del común de los grupos cristianos consideraba ya como “normativo” o comúnmente aceptado por la inmensa mayoría de las iglesias.
            · El segundo criterio fue el de la apostolicidad, es decir, si el escrito provenía directa o indirectamente de los apóstoles.
            · El tercero consistió en la aceptación común y el uso continuo de tal o cual escrito en las iglesias, sobre todo su uso como lectura sagrada en las asambleas litúrgicas.

            Estos tres criterios se fueron afianzando durante el s. II y han continuado como tales hasta hoy, sin ser contestados.
            Sea como fuere exactamente el proceso de formación del canon, lo cierto es  que hacia finales del siglo II, la mayoría de las iglesias admitían como “sagrados” casi el mismo número de libros que tenemos hoy día. A finales del siglo IV puede decirse que está ya fijado el canon como es hoy, eliminadas las dudas. Pero hay que esperar igualmente hasta el Concilio de Trento (1546) para que la lista quedara sancionada oficialmente.
            La inspiración como norma para declarar sagrado a alguno de los escritos cristianos primitivos no desempeñó ninguna función significativa en la estricta formación del canon, por una razón: la inspiración que adscribían a las Escrituras era sólo una faceta de la actividad inspiratoria que ejercía el Espíritu Santo en tantos y tantos aspectos de la vida de la Iglesia. Muchos escritores eclesiásticos se consideraban a sí mismos como inspirados, o pensaban que otros lo estaban. Por tanto, si todos los escritos que los antiguos cristianos consideraban “inspirados” hubieran entrado en el canon del Nuevo Testamento, éste habría sido inmenso e inabarcable.
            Al contrario, sin embargo, la utilización de la etiqueta de “no inspirado”, indicaría ciertamente que un escrito en cuestión no está en el canon. Esta expresión comenzó pronto a reservarse solamente para los falsos o apócrifos, mientras que rara vez designan a un escrito ortodoxo, aunque no canónico. Así, pues, según los primeros Padres de la Iglesia, las Escrituras del Nuevo Testamento están ciertamente inspiradas, pero no es esa precisamente la razón de su normatividad o canonicidad.

APÓCRIFOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Las obras o fragmentos que pertenecen a este apartado son cerca de sesenta y cinco, aunque el número no es fijo, porque las colecciones modernas que componen este legado de la literatura judía helenística, también denominada “intertestamentaria” tienen criterios diversos a la hora de seleccionarlas o dudan en colocar ciertas obras entre los apócrifos judíos o entre los cristianos.
Presentaremos ahora, como visión general antes de que el lector inicie su lectura de los textos- sólo los más significativos de estos escritos que cons­tituyen en realidad una verdadera Biblia (del Antiguo Testamento) fuera de la Biblia.
 Hay en primer lugar un bloque de salmos y oraciones:  Salmos de Salomón;  Oración del rey Manasés;  Cinco salmos de David; Plegaria de José.
En segundo, encontramos un buen número de escritos que complementan o reelaboran libros y temas conocidos por el Antiguo Testamento canónico: así, el libro de los Jubileos o Pequeño Génesis, llamado así porque expande algunos capítulos de este libro; también las Antigüedades Bíblicas del Pseudo-Filón,  que vuelve a contar la historia sagrada desde Adán hasta David;  la Vida de Adán y Eva;  Paralipómenos o “restos” de la historia de Jeremías;  Libros 3º de Esdras y 3º y 4º de los Macabeos (éste puede entrar también con pleno derecho en el grupo de “escritos sapienciales” que mencionamos luego);  Martirio de Isaías;  Novela de José y Asenet;  Vida de los Profetas. Nos ha llegado también un ciclo completo con profecías de Henoc, “el séptimo varón después de Adán”, que se compone, a su vez,  de diversas obras  transmitidas en lengua etíope, antiguo eslavo o hebreo,  y que se denominan  Libros 1º,  2º, 3º de Henoc.
Tenemos también un gran bloque de apocalipsis o revelaciones como el Libro 4º de Esdras;  los Apocalipsis sirio y griego de Baruc, discípulo de Jeremías;  los Apocalipsis de Elías, Sedrac, Adán, Abrahán, Ezequiel, Sofonías, etc.
 Hay otro grupo que se denomina hoy literatura de “testamentos”, porque todos sus componentes se acomodan,  más o menos,  a un cierto tipo de género literario ya conocido desde el Génesis,  a saber: una gran figura religiosa reúne a sus descendientes a la hora de su muerte,  que conoce por revelación divina,  les cuenta los hechos más importantes de su vida,  les orienta sobre el modo recto de proceder,  les exhorta a cumplir los mandamientos de la Ley y termina con algunas predicciones sobre el futuro. Los más importantes de estos “testamentos” son los de los  XII Patriarcas;  el Testamento de Job,  y el de Salomón.  Poseemos también los Testamen­tos de Moisés y Adán.  
Otro grupo importante es la literatura sapiencial;  en él se hallan los Libros 3º y 4º de los Macabeos y el llamado  Menandro siríaco.  Existe también dentro de estos escritos un bloque misceláneo que agrupa obras muy variadas: desde fragmentos de un autor trágico judío, Ezequiel,  que escribió,  entre otras obras,  una tragedia sobre el éxodo, hasta fragmentos casi perdidos de una historia de Eldad y Modad, pasando por las Sentencias y proverbios del Pseudo-Focílides y los famosos Oráculos Sibilinos,  es decir restos de antiguas profecías paganas reelaboradas por judíos y, luego,  por cristianos. Este último puede situarse también dentro de la “apocalíptica”.

Precisiones  terminológicas
           
En el ámbito protestante/evangélico estos textos que acabamos de mencionar no se denominan “apócrifos”. Para los protestantes los apócrifos del Antiguo Testamento son los libros que aparecen en la traducción griega, muy antigua,  de la Biblia, que llamamos de los LXX, pero que no fueron aceptados finalmente en el canon judío. Éstos son: Sabiduría, Ben Sirach o Eclesiástico, Tobías,  Judit, Macabeos y los Apéndices a Daniel, 1º y 2º Macabeos. Para los católicos, sin embargo, estos libros no son “apócrifos”,  es decir falsos,  sino verdaderamente canóni­cos, aunque de segunda fila: por ello son llamados a menudo “deuterocanóni­cos”. Los libros de la literatura judía helenística que hemos enumerado en el apartado anterior  son denominados por los protestantes “pseudoepígrafos”, vocablo griego que quiere decir libros con un nombre falso como autor, es decir, escritos atribuidos falsamente a personajes bíblicos.

Autores.  Pseudonimia

Como podemos deducir de muchos de sus títulos,  Vida de Adán y Eva o el Testamento de los XII Patriarcas, Apocalipsis de Elías, etc., muchas de estas obras portan la denominación de conocidos personajes del pasado israelita. Pero la más elemental crítica histórica, interna y externa, derriba por tierra las pretensiones de tal autoría. Todos estos escritos son en realidad anónimos, o mejor dicho,  pseudónimos. Sus verdaderos autores no se atrevieron a estampar sus nombres reales al frente de sus obras, sino que prefirie­ron escudarse en el amparo y bajo el escudo protector del nombre de venerables antepasados. Este fenómeno de la pseudonimia puede parecer extraño para la mentalidad moderna, por lo que se han ensayado diversas explica­ciones. En primer lugar es necesario señalar que el ocultamiento de la verdadera autoría no es un rasgo peculiar de estos escritos apócrifos judíos (o cristianos), pues conocemos otros casos en la antigüedad grecolatina y egipcia. Sin ir más lejos, la misma Biblia canónica atribuye gran parte del salterio al rey David y toda la literatura sapiencial a Salomón,  a­unque de ellos no procedan en verdad más que algunas composiciones. Igualmente, el Deuteronomio, posterior en varios siglos a Moisés, declara a éste como su autor. Y en el Nuevo Testamento encontramos el mismo fenómeno. El más conocido , y casi universalmente aceptado,  es el de las Epístolas Pastorales, compuestas por un discípulo del apóstol de Pablo y luego atribuidas a la pluma de éste. El primer gran editor moderno de esta literatura intertestamen­taria, R. H. Charles, opinaba que la explicación de la pseudonimia podía hallarse en los hechos siguientes: en el s.  III a. C. , momento en el que empiezan a generarse estos apócrifos, la ley divina (la Torá) era ya algo absolutamente fijo, inamovible y canónico. A la vez se había extendido la firme opinión que la revelación escrita era cosa del pasado, que la “sucesión de los profetas” había concluido ya en Israel (Flavio Josefo, Contra Apión I 37). Por consiguiente,  los escritos de tenor teológico, las nuevas revelaciones a los particulares que amplificaban,  preci­saban y  afinaban o, a veces,  contradecían las Escrituras anteriores, no podían pretender el título de “santas”, de “inspiradas por la divinidad”, a menos que  procedieran de la pluma de venerables personalidades del pasado en cuya época aún había “profecía”, es decir revelación de Dios a los hombres. Por tanto, aquellos que pretendían un reconocimiento religioso de sus obras no tenían más remedio que ampararlas bajo el nombre  de un autor o figura del pasado.
            A esta explicación por las circunstancias objetivas puede añadirse el hecho de que los autores de estas obras se sentían en realidad  emparentados con los personajes de épocas anteriores, ya que formaban con ellos lo que se ha venido a llamar una “personalidad cor­porativa”. Al igual que Moisés podía repartir una porción de su espíritu a los que habrían de sucederle (Nm 11, 25-30),  y Eliseo se contentaba con recibir la “mitad del espíritu y poder de Elías” (2 Re 2, 10),  o Juan ,  el Bautista, habría de “caminar en el espíritu y poder de Elías” (Lc 1, 17), los autores de estos apócrifos se sentían realmente posesores y continuadores del mismo Espíritu que había animado e impulsado a sus gloriosos predeceso­res. Caer en la cuenta de este convencimiento nos lleva a concluir que los desconoci­dos autores de esta literatura intertestamentaria no eran profesionales de la falsía y del dolo. Aunque cueste comprenderlo hoy, no parece que pretendieran engañar positivamente a sus lectores forjando una autoría a todas luces “falsa”, según nuestro modo de juzgar. Estaban, pues,  convencidos de que el escrito que adscri­bían a un autor del pasado estaba compuesto en el mismo espíritu de aquel, y podía atribuírsele sin dolo.

Lugar de procedencia.  Motivos de su composición

¿En qué suelo vieron la luz estos escritos? Con muy pocas excepciones (Novela de José y Asenet; Oráculos Sibilinos judíos, que proceden del judaísmo de Egipto) parece, por su contenido y temática, que el lugar sobre el que brotó esta pretendida prolongación del Antiguo Testamento fue Palestina.
            El nacimiento de los apócrifos veterotestamen­tarios se debió sin duda a la ausencia de nuevos profetas en Israel, una vez consumada la vuelta del Destierro, y a la necesidad de acomodar a tiempos difíciles el mensaje,  ya estereotipado, de los hagiógrafos del pasado. Sin duda también debió influir en su nacimiento el conjunto de circunstancias históricas que motivaron el alzamiento de los Macabeos en el s. II a. C. La historia de este período puede iluminar el porqué del nacimiento de esta litera­tura apócrifa. Desde la muerte de Alejandro Magno, en el 323 a. C., Palestina se vio sometida,  muy a pesar suyo, a un proceso imparable de helenización. Comprimida entre dos grandes potencias, el Egipto de los Ptolemeos y la Gran Siria de los Seléucidas, no podía quedar ausente de la gran corriente helenizadora que invadía la cuenca mediterránea. Poco a poco, el país se fue dividiendo intelectual y afectivamente en dos grupos de muy diverso tamaño. Uno, formado por la aristocracia, los ricos comerciantes y la élite sacerdotal, bastante dispuesto a dejarse invadir por las ideas helénicas, que debían aparecer a sus ojos como un verdadero modernismo. Otro,  muy numeroso, constituido por las capas inferiores del sacerdocio y la mayor parte del pueblo, que veía en la aceptación del ideario helenístico al gran enemigo del ser propio, religioso,  de Israel. La gran batalla comenzó de hecho, como es sabido, cuando los hermanos Macabeos se levantaron en armas tras rechazar las terribles imposiciones del rey seléucida Antíoco IV Epifanés. Este pretendía acabar,  ni más ni menos, y en un asalto definitivo, con una nación teocrática, de una religión muy particular y exclusivista, que se resistía a integrarse en su imperio.
            Esta situación de pugna y angustia nacional, que ya venía de antiguo y se prolongaba más de lo deseado,  contribuyó poderosamente a la formación de grupos de “piadosos” (en hebreo hasidim), que luchaban por mantenerse fieles a la Ley y a su entidad nacional como pueblo teocrático. Entre estos “piadosos” destacaron los fariseos y los esenios. De tales grupos de “piadosos”, y de otros similares de clara mentalidad apocalíptica, es de donde nace el deseo de prolongar la vida espiritual y el mensaje del AT, y lo que condujo a la producción de los apócrifos. En realidad, sociológicamente considerados, estos escritos no intentaban más que contribuir a salvaguardar la propia esencia religiosa,  nacional, de Israel. Por este motivo,  y aunque dirigidos en principio a grupos reducidos, selectos, los apócrifos no constituyen una literatura de marginados, sino de amplios círculos populares que en tiempos de crisis se nutrían de ella espiritualmente. Entre los manuscritos de Qumrán han aparecido con profusión. Jesús y los primeros cristianos,  sin duda, debieron también vivir inmersos en ese ambiente espiritual que se formaba tanto por la continua lectura del Antiguo Testamento como por los comentarios de la escuela y la sinagoga que bebían de este tipo de literatura pseudónima, casi sagrada.

Temática y teología de los apócrifos del Antiguo Testamento

Los libros judíos hoy no canónicos son herederos de la teología de la Biblia hebrea a la que desean matizar, complementar y en algunos casos corregir. Por ello son fieles al marco general de esta teología cuyos rasgos esenciales son los siguientes: Dios existe y su existencia no necesita demostración alguna; ningún autor de los apócrifos manifiesta duda alguna de su existencia, ni necesita probarla; ni se cuestiona. Tampoco duda de que se trata de un Dios único, el Dios de Israel, el mismo que el de los cristianos; el politeísmo ha sido desterrado de Israel hace siglos y si se ataca vivamente es sólo cuando la temática de alguno de estos libros apócrifos reproduce momentos del pasado o reelabora pasajes de la Biblia ya existentes. Este Dios es absolutamente trascendente, es decir, está muy por encima de todo lo humano y no se puede representar con ningún rasgo de hombre.
            Dios es creador del mundo y del ser humano, pero el estado idílico del principio duró muy poco. La mala inclinación del hombre condujo al pecado, y éste trastornó todos los planes divinos sobre el cosmos y la historia.
            Dios interviene en la historia; ha elegido para sí entre los pueblos a uno sólo, Israel. La historia no es cíclica o circular. No se repiten el universo y los acontecimientos en él ocurridos después de un período más o menos largo y tras una conflagración o fuego purificatorios finales, sino que es lineal: la historia camina directamente hacia un objetivo. Es una línea más o menos recta, que va desde los orígenes hasta un fin predeterminado por Dios: la restauración del estado primigenio del paraíso antes del pecado, la salvación de Israel y en algunos autores de los apócrifos la salvación también de los gentiles, o al menos de algunos de ellos.
            Dios ha concedido a Israel una Alianza y una Ley. Si se cumplen los términos de la Ley, Dios se mostrará benévolo e Israel gozará, ya en esta vida de un estado normal de felicidad y abundancia. Luego gozará de una vida y felicidad eternas y perfectas.
            Dios es el rey verdadero de Israel. Para todos los judíos cualquier realeza terrena, incluso la judía si no obraba conforme a la Ley era contraria a este realidad, pues sustituía el régimen ideal, el gobierno de Dios sobre su pueblo, postulado una y otra vez por los profetas, por el dominio de un rey humano. La religión judía era en tiempos de los Apócrifos una religión a la espera del reinado de Dios.
            La realización práctica de este reinado habría de ser llevada a cabo por una personalidad misteriosa, el mesías. Sobre su figura circulaban muy diversas ideas y perspectivas, pero todas convergían en una idea simple y fundamental: sería la “mano de Dios” para implantar su reino en la tierra. En algunos ambientes la teología de Dios como rey de Israel se irá combinando con una teología de Dios como rey del mundo entero, incluidos los paganos.
            Si una cara de la Alianza era la firme creencia en la providencia divina, la otra cara era la necesidad de una absoluta obediencia a Dios por par­te del ser humano. A esta obediencia se unen sentimientos de temor respetuoso, de confianza hacia el gobierno de Dios y de agradecimiento por sus dones. La insurrección contra ese Dios o contra sus designios es el pecado.
De resultas del pecado y del mal mundano la historia se divide en dos grandes mitades: la “edad presente” y la “edad futura”. La presente –que dura desde la creación del mundo hasta el final físico de éste,  será sustituida por una edad futura, paradisíaca, donde todo será distinto y mejor. Las concepciones de esta edad futura varían: unas veces se piensa que ocurrirá en esta misma tierra, renovada y purificada; otras veces se piensa que la edad futura tendrá a su vez dos partes: una tendrá lugar en esta tierra –normalmente un Israel idílico y restaurado- durante un cierto lapso de tiempo; la segunda parte ocurrirá en un paraíso o cielo en el que entrarán unos pocos, los justos salvados; otros, muy pocos, piensan que la edad futura exclusivamente en un espacio ultraterreno: un paraíso, cielo en general o lugar celeste de suprema felicidad.
            Con Paolo Sacchi, el editor italiano de esta literatura, podemos decir que los problemas que angustiaban de un modo especial a las mentes judías de la época de los Apócrifos  eran los siguientes: la existencia del mal y su origen; las relacio­nes que debían mantener los israelitas con los paganos; la justicia de Dios en este mundo y el sufrimiento y fracaso aparente de los justos; la urgencia de la salvación y la figura que habría de ejecutarla: el mesías; el destino futuro del hombre: inmortalidad o no del alma,  la resurrección,  el juicio futuro; la libertad del ser humano y la de Dios a pesar de la predestinación; el intento de plasmar una ética interior que diera vida a los múltiples preceptos de la Ley y condujera a la salvación; los deseos de justificación partiendo de un estado de pecado.
            Modelados por todas estas preocupaciones, los apócrifos veterotes­tamentarios desarrollan una cierta visión del mundo, un cierto talante espiritual, que varía algo, naturalmente,  de unos escritos a otros, pero que muestra los siguientes rasgos comunes:
            1) Se espera y se cree febrilmente en un fin del mundo muy próximo, en el que tendrá lugar la liberación de todos los justos. Las épocas anteriores han sido de preparación; aqu­ella en la que vive el escritor es la final.
             2) Este fin del mundo será una gran catástrofe cósmica: habrá grandes guerras y conflagraciones, todo el universo se conmoverá,  pero al final vencerán los justos. 
            3) El tiempo se divide en dos grandes períodos: uno,  el presente (con toda su historia anterior), malo y perverso, dominado por el espíritu del mal,  adversario de la divinidad; otro­, el futuro, regido por Dios,  en el que los justos habrán de vivir una vida paradisíaca y dichosa. 
            4) El período presente evoluciona irremisiblemente hacia el futuro según un esquema predeterminado por el plan divino.
            5) El espacio entre la divinidad y el hombre está poblado por seres intermedios, ángeles y demonios, que influyen en el comportamiento del hombre y del mundo; 
            6) Se espera la llegada de un salvador,  o mesías, garante y ejecutor de la salvación. Será el rey davídico anunciado por los profetas, el héroe que aniquilará militarmente a los enemigos de Israel, pero ante todo juez supremo y príncipe de la paz. El mesías,  al acabarse el período malo, abrirá de nuevo el paraíso de par en par para los justos. Dios oculta a su ungido durante un tiempo,  pero al final aparecerá indefectiblemente. 
            7) La gloria es el estado definitivo del justo. Para la mayoría de los apócrifos, del israelita piadoso; para algunos, de todo ser humano justo.
            Esta visión de la historia y su proceso es manifes­tada por la divinidad directamente a los autores de los apócrifos. Las revelaciones adquieren normal­mente la forma de ensueños o visiones. Muchas veces acompaña al visiona­rio un “ángel intérprete”, que aclara, explica,  dicta,  o incluso escribe el contenido de la revelación. Ésta ha de guardarse, la mayoría de las veces,  para ser leída por unos pocos,  escogidos; en otras,  se revelará en el momento oportuno.  Los ensueños y visiones tienen a menudo carácter simbólico: los pueblos, reyes y reinos aparecen en figura de animales, montañas,  nubes,  etc. , y las especulaciones sobre el futuro toman generalmente la forma de complicadas combinaciones numéricas. Otras veces, se relatan acontecimientos del presente como vaticinios puestos en boca del autor pasado (lo que se llama “vaticinios  ex eventu”). A las visiones y revela­ciones, y a veces unidas a ellas,  se añaden secciones parenéticas (exhortatorias), con reiteradas admoniciones a vivir conforme a un ideal moral elevado en torno al cumplimiento riguroso de la ley mosaica.

Fecha de composición

La fecha exacta de nacimiento de cada uno de ellos es objeto de debate entre los editores y eruditos. Muchas veces es imposible delimitarla con precisión,  ya que en realidad carecemos de datos sobre sus autores y nos vemos abocados a las determinaciones que pueden ofrecernos el análisis de los escritos mismos, es decir la crítica interna. Pero, en líneas generales, están de acuer­do los investigadores en señalar un marco temporal amplio,  que abarca desde el 200 o 250 a. C.  hasta el 150 o 200 d. C. Uno de los textos más antiguos es el llamado “Libro de los Vigilantes”,  que pertenece al ciclo del profeta Henoc,  y que puede provenir de finales del siglo IV o de comienzos del III a. C. ,  y uno de los más tardíos de entre los importantes, desde luego posterior a la caída de Jerusalén ante los tropas del emperador Tito (70 d. C. ), es el Libro IV de Esdras. El problema de la datación se complica porque muchos de estos apócrifos veterotestamentarios, o partes de ellos, nos han llegado hasta nosotros reelaborados y manipulados por los cristianos,  que introducían variantes o añadidos con fines apologéticos. De todos modos,  incluso en los apócrifos más recientes, del principio ya de la era cristiana,  se contiene gran cantidad de materiales tradicionales cuya pista puede rastrearse fácilmente hasta tiempos anteriores a Cristo.

Los apócrifos del Antiguo Testamento y el cristianismo

Los apócrifos / pseudoepígrafos del Antiguo Testamento son muchísimo más importantes para la comprensión del cristianismo primitivo y para iluminar sus orígenes que cualesquiera apócrifos del NT,  pues estos escritos judíos de la época helenística constituyen una gran parte del transfondo, o de la base, que sustenta muchas de las ideas religiosas que aparecen en el NT. Los creadores del movi­miento cristiano vivieron y se formaron en el ambiente religioso que se ve reflejado en los apócrifos veterotes­tamentarios. No puede explicarse el nacimiento del movimiento religioso cristiano, y sus ideas peculiares, recurriendo solamente a motivos literarios e históricos del AT. Incluso en los casos más paladinos de influen­cia de este corpus,  por ejemplo cuando el Antiguo Testamento es citado expresamente en el Nuevo, se ve sometido aquél a una exégesis modernizadora en el sentido de la tradición judía contemporánea. Los campos semánticos del Antiguo Testamento son reelaborados y desarro­llados de tal modo que la cita veterotestamentaria propiamente tal, aunque se halle en el origen, no desempeña más que el papel de transfondo del significado pretendido por el autor neotestamentario. Por ello, el significado exacto de la cita debe precisarse con la ayuda de las tradiciones contemporáneas de la exégesis y el pensamiento teológico del judaísmo helenístico al que pertenecían esos autores. A modo de ejemplo: la atmósfera y las ideas del capítulo 13 del Evangelio de Marcos --el llamado discurso escatológi­co-- son similares a las de los profetas clásicos, pero no proceden directamente de ellos, sino de una tradición apoca­líptica viva e independiente posterior a ellos: las persecución de los justos en los últimos días (vv. 11ss), la venida de un antimesías (vv.  6. 22),  las guerras y catástrofes finales (vv.  14ss. 24s), la llegada del Hijo del Hombre (v. 26), etc., son temas recurrentes en esta literatura apócrifa intertestamentaria,  como sería fácil demostrar ( cf. por ejemplo,  4 Esdras 8, 61. 63;  13, 31; 2 Baruc 27, 7; 70, 3. 8; 85, 10; Orac. ­Sib. 3, 635;  1 Hen 99, 4, etc. ).
            Esbocemos tan sólo, en rápida carrera, algunos de los temas neotestamentarios principales que tienen su origen,  o su conveniente aclaración,  en la literatura apócrifa del AT:
            La teología del Hijo del Hombre. Ésta aparece por primera vez en el Libro de Daniel --en realidad un apócrifo de esta época, ya que se compuso hacia el 168 a.C.—y se desarrolla en el Libro de las Parábolas, o sección segunda del Libro 1º de Henoc,  especialmente en los caps.  46-71, donde se menciona dieciséis veces al Hijo del Hombre. También aparece en el libro IV de Esdras.
            La Epístola de Judas, vv. 14. 15, cita al patriarca Henoc y le atribuye una profecía que refleja literalmente 1 Hen 1, 9. Antes,  en los vv.  5-6, alude a la tradición de los ángeles “vigilantes” que pecaron con las hijas de los hombres,  haciéndose eco no sólo de Gn 6,  sino principalmente de 1 Hen 6. 10.
            Doctrina típica de los apócrifos es la existencia de una vida después de la muerte (negada todavía por el autor del Eclesiastés, o Qohelet, en el s. III a. C.), vida en la que Dios ha de administrar justicia, inexis­tente en este mundo, y que comporta la resurrección,  al menos de las almas. Todo ello apenas aparece en el AT,  pero encuentra justa presencia en el Nuevo (por ejemplo en Lc 16, 19-31, y en las palabras de Jesús al buen ladrón, Lc 23, 43, etc.). El Nuevo Testamento se plantea igualmente,  junto con algunos apócrifos (como 2 Bar 49, 2-3), con qué cuerpo resucitarán los muertos,  y cuánto ha de esperarse hasta que sea vengada por Dios la sangre de los justos (4 Esd 4, 34-6; Ap 6, 9-11). Del mismo modo,  la tesis del estado intermedio de las almas separadas del cuerpo tras la muerte (sea o no en el purgatorio, que es un hallazgo teológico posterior, del s. III d.C. aproxi­ma­damente) en espera del juicio definitivo y la creencia en la inter­cesión de los justos ya difuntos por los vivos,  la llamada “comunión de los santos”, están bien testimoniadas en la literatura apócrifa judía. Los cielos nuevos y tierra nueva,  la nueva creación y la nueva Jerusalén que aparecen profusamente al final del Apocalipsis responden a una escatología que se había expresado ya antes con toda claridad en la Ascensión de Moisés (cap.  10), por ejemplo.
            El género de los “testamentos”, abundante en esta literatura judía, se encuentra también representado con la misma estructura en el Nuevo Tes­tamento. Así,  el discurso de adiós de Jn 13-17; la despedi­da de Pablo ante los ancianos de Efeso en Hch 20, 17-35; la última cena y palabras de Jesús de Lc 22, 15-38,  que son también un discurso de despedida  y,  finalmente,  el “testamento” de Pedro en 2 Pe 1, 13-15. Al analizar la estructura,  motivos e intereses de este género literario en los apócrifos comprendemos mucho mejor cómo debemos entender los que aparecen en el Nuevo Testamento.
            El doloroso tema del infierno,  con toda su ima­ginería de tormentos,  fuego, lamentaciones,  etc. tal como se encuentra en el NT, lo hallamos anteriormente descrito, por ejemplo, en el Libro 1 de Henoc.
            La imagen de Dios en el Nuevo Testamento contiene rasgos de considerable avance en la espiritualización respecto al Antiguo. De ello no hay ninguna duda. Pero también aquí recoge el corpus cristiano una tradición depuradora que se había hecho patente en los apócrifos veterotestamentarios. Para los más influenciados por la mentalidad griega,  como los Or. Sibil. y Test. XII Patriarcas, este Dios se hace “menos judío”,  más universalista,  lo que lleva consigo como consecuencia que su salvación alcance también a la totalidad de los gentiles. Está muy cerca ya la idea de que los israelitas  han de obtener la salvación de ese Dios misericordioso no por sus propios méritos, sino por pertenecer a la alianza. De aquí al concepto de la justificación por la fe, según el Pablo de la Epístola a los Romanos y a los  Gálatas sólo hay un paso.
            Otro ámbito en el que el Nuevo Testamento aparece en íntimo contacto con esta literatura apócrifa es el de la angelología y demonología (véase, p. ej., 1 Hen 61, 10). La recepción de sus ideas en el Nuevo Testamento salta a la vista,  tanto en los evangelios como en las epístolas (Efesios, p. ej., ) o el Apocalipsis.
            El pesimismo esencial y el fuerte dualismo que recorre toda la ideología del NT, especial­mente la del grupo johánico, tiene su fundamento clarísimo en la teología al respecto de los apócrifos veterotes­tamentarios. La visión común del Nuevo Testamento es de un profundo dualismo escatológico: el tiempo se halla radicalmente dividido en “este mundo” y el “mundo futuro”; existe también un profundo dualismo ético: los seres humanos se hallan divididos entre buenos y malos,  que luchan entre sí. Impera no menos un dualismo espacial,  cielo y tierra,  opuestos como lo pasajero y lo eterno,  lo despreciable y lo apetecible. Son dos planos en sí irreconciliables. To­das esta ideas tienen carta de ciudadanía antes del cristianismo.
            También el concepto de “Reino de Dios” tan fundamen­tal en la predicación de Jesús,  había encontrado su adecuada preparación en la teología judía anterior al cristianismo.
            El banquete eucarístico cristiano, que para muchos ha de aparecer como una innovación radical del Nuevo Testamento encuentra una sorprendente similitud con el banquete cultual que se describe indirectamente en la Novela de José y Asenet, cap.  8. En esta novela la conversión a Dios como un paso de las tinieblas a la luz nos recuerda inmediatamente la misma concepción en 1 Pe 2, 9 y la conocida dicotomía johánica luz/tinie­blas. Lo mismo puede afirmarse de la oposición error/ver­dad que aparece en este capítulo de la novela. El tránsito de la muerte a la vida, símbolo de la conversión,  nos lleva a Jn 2, 24 y 1 Jn 3, 14. La renovación por el espíritu y la revivificación por la vida divina nos recuerda inmediata­mente ideas similares en Heb 6, 6; Rom 9, 20 y Jn 6, 36, entre otros textos del NT. El banquete en sí es muy parecido en sus rasgos esenciales al cristiano: en ambos se ingiere el pan de vida y se bebe una copa bendita, o “de salvación”. El premio a la participación en el banquete es en ambos casos el mismo: la inmor­talidad. La frase que aparece en otro capítulo de JyA (16,  9), cuando la heroína come de un panal que le ofrece un ángel, “el que coma de este panal no morirá nunca”, encuen­tra su exacta contrapartida, en positivo y en negativo, en Jn 6, 50-51: “Aquí está el pan que baja del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. Y de modo semejan­te, el descanso eterno que Dios ha preparado para sus elegidos, según este capítulo 8º de JyA, es substancialmente el mismo que proporcionarán las “muchas moradas” que Jesús prepara para sus discípulos (Jn 14, 1ss).

II  APÓCRIFOS DEL NUEVO TESTAMENTO

Podemos definirlos, por analogía con los del AT, como “aquellos escritos, no admitidos en el canon del NT, que por su título o afirmaciones se consideran iguales y exigen idéntica aceptación que los canónicos, pues en cuanto a su forma y género imitan y siguen las formas y géneros neotestamentarios, aunque en ocasiones añadan elementos extraños a su cuerpo de doctrina”.
            Consecuentemente, los apócrifos del Nuevo Testamento se dividen en evangelios, hechos, cartas/epístolas y revelaciones o apocalipsis. Queda un pequeño resto misceláneo como la Predicación de Pedro (Kérygma Petrou) o las Predicaciones de Pedro (Kerýgmata Petrou), obras poéticas (Odas de Salomón), y una “novela” de aventuras y sermones en torno a la figura de Pedro llamadas Homilías Pseudoclementinas.
            Entre los evangelios los más importantes son: algunos fragmentos papiráceos como el Pap. Egerton 2 y el Pap. de Oxirrinco 840; restos de obras perdidas conocidas sólo por citas de los Padres de la Iglesia, como los evangelios de los Nazarenos, Ebionitas, Hebreos, Egipcios; otros evangelios descubiertos en la ciudad egipcia actual de Nag Hammadi en 1945: Evangelio de Tomás, Felipe, de la Verdad, o en otros lugares como el de Pedro. Conservamos también escritos de corte evangélico que cubren ciclos de la vida de Jesús, como relatos de la natividad e infancia (Protoevangelio de Santiago; Pseudo Mateo y Pseudo Tomás); evangelios de la pasión y resurrección (Evangelio de Nicodemo, de Bartolomé), y otros referidos sobre todo a la vida de la Virgen María, conocidos como apócrifos asuncionistas (Libro de S. Juan Evangelista, y Libro de Juan, arzobispo de Tesalónica).
            Los Hechos de los apóstoles apócrifos pueden dividirse, por su teología e importancia, en antiguos y tardíos. Entre los del primer grupo destacan –por orden cronológico probable-- los Hechos de Andrés, Pablo, Pedro, Juan y Tomás. Entre los más recientes tienen interés los Hechos de Felipe, y los de Andrés y Matías.
            Entre las cartas apostólicas, poco numerosas, encontramos A los cristianos de Laodicea, Epístola de Tito sobre la castidad; Epístola apócrifa de Santiago; Carta de los Apóstoles (Epistula Apostolorum).
            Los apocalipsis tampoco son abundantes: La Ascensión de Isaías (a pesar de su título), el Apocalipsis de Pedro y los Oráculos Sibilinos cristianos forman la práctica totalidad de ellos.

Origen de los apócrifos neotestamentarios

Una  frase del Evangelio de Juan (21,25) nos ofrece el trasfondo genérico de los impulso que llevaron a crear estos textos: “Muchas otras cosas hizo Jesús que no están escritas en este libro. Si se escribieran una por una, pienso que los libros sobre ellas no cabrían en el mundo”. Igualmente, si consideramos los Hechos de los Apóstoles y las cartas del NT, podríamos afirmar algo parecido: son muy pocas las cosas que de sus personajes sabemos. Tras los primeros años de vida sin Jesús los cristianos echaron de menos ulteriores precisiones sobre múltiples puntos, biográficos y doctrinales, del entorno de Jesús y sus discípulos. Ciertas mentes piadosas de los primeros siglos recogieron (o forjaron) diversas tradiciones y leyendas que debían colmar tales lagunas, editándolas luego en forma de libro o tratado. Con toda seguridad no hay que descartar tampoco el deseo de oponerse a los herejes –que defendían doctrinas opuestas-- como otro de los impulsos que condujeron a la plasmación de apócrifos del NT. Un dicho de Jesús, una escena de su vida, o de los apóstoles, una revelación secreta que se hace pública en el momento oportuno podían servir de freno a la proliferación de ideas estimadas como no ortodoxas. Igualmente, y a contrario, los tildados de herejes podían hacer lo mismo –y de hecho lo hicieron abundantemente—propalando sus ideas por medio de evangelios o revelaciones secretas. Respecto a los evangelios en concreto, no puede descartarse sin más que muchos de los que hoy denominamos “falsos” fueran colecciones de tradiciones orales sobre Jesús que no tuvieron la suerte de ser reconocidas y aceptadas generalmente, pero que eran quizás antiguas. Por lo general, sin embargo, todos los apócrifos neotestamentarios se caracterizan por su tono popular y legendario, otras veces por su tenor críptico y esotérico, por el gozo de la transmisión de dichos y anécdotas complementarias al NT, amén del disfrute de secretas revelaciones. Independientemente de su aceptación por muchos o pocos, todos pretendían tener el mismo rango sagrado que el detentado por los escritos (canónicos) a los que quieren complementar o suplantar.

Temática de los apócrifos neotestamentarios

El género evangélico apócrifo gira en torno a la figura de Jesús, complementando a base de una fantasía desbocada detalles de su natividad, infancia, juventud y pasión (apenas nada de su vida pública). Algunos de estos textos son de neto sabor judeocristiano, como los evangelios de los Hebreos, Nazarenos y Ebionitas. Los apócrifos de la resurrección (salvo el Evangelio de Pedro) suelen ser de tipo esotérico, es decir revelaciones de Jesús tras su resurrección a un apóstol elegido (también el Evangelio de Tomás y de Felipe), y su teología corresponde a la gnosis del siglo II. De esta ideología participan también, en mayor o menor medida, los evangelios de los Egipcios y otros descubiertos en Nag Hammadi.
            Los Hechos apócrifos exaltan la figura de ciertos apóstoles y (salvo los de Pablo) giran en torno a una mentalidad claramente gnóstica y a una exaltación, a veces desmesurada, de la virginidad y la continencia. El tono novelístico y de aventuras se ve cortado a menudo con grandes discursos o sermones en los que se predica una moral ascética a ultranza.
            Las cartas son muy variadas en su temática y su mentalidad, que va desde el deutero­paulinsimo (a los de Laodicea) hasta la rígidamente ascética (Epístola de Tito) o claramente gnóstica (Epístola apócrifa de Santiago). De corte igualmente gnóstico es la emocionada hímnica cristiana de las Odas de Salomón.
            Los Apocalipsis son algo más numerosos que las cartas. Los más interesantes son los de fecha más antigua. La Ascensión de Isaías narra las visiones que el profeta, antes de ser cruelmente martirizado, tiene de la vida de Cristo, de la lucha final de éste contra el anticristo y del triunfo de los justos en el paraíso. El Apocalipsis de Pedro describe con detalle el más allá, el cielo y el infierno. Los Oráculos sibilinos cristianos hacen referencia a visiones de la Sibila sobre temas cristianos, o sobre eventos históricos de la vida de Cristo, u otros del cristianismo primitivo.

Cronología de los apócrifos neotestamentarios

Respecto a la fecha de composición de estos escritos debemos contentarnos con indicar unos márgenes cronológicos amplios, deducidos de las citas o alusiones a estos apócrifos en otros textos bien fechados, o de la crítica interna de las obras mismas. Para el núcleo más antiguo de los evangelios apócrifos está de acuerdo hoy la crítica en señalar un período en torno a la mitad del siglo II. Para algunos estudiosos de ámbito norteamericano (sobre todo, H. Koester, J.D. Crossan y otros del denominado “Jesus Seminar”) el Evangelio de Tomás, el Pap. Egerton 2 y el de Pedro representarían, en su núcleo más íntimo, eliminadas algunas acrescencias posteriores, una tradición tan venerable y antigua como la de los evangelios Sinópticos. Igualmente de la mitad del siglo II pueden provenir los hechos más antiguos, los de Andrés; probablemente los de Pablo y Pedro se compusieron a finales del siglo II; En la mitad del III, los de Juan y Tomás. Entre los escritos apocalípticos algunos como los Apocalipsis de Pedro y de Pablo pueden provenir en su núcleo (no en su última redacción) de los siglos II y III respectivamente. Otros, como el Apocalipsis de Tomás, o la reelaboración cristiana del Martirio de Isaías (actualmente la primera parte de la Ascensión de Isaías) pueden proceder del siglo IV. El núcleo también de otros apócrifos, que sufrieron diversas reelaboraciones), como los Oráculos Sibilinos cristianos, los llamados Libros 5º y 6º de Esdras (editados a veces como los capítulos 1-2 y 15-16 del 4º de Esdras ), pudieron tener su origen en los siglos II y III. Finalmente, los apócrifos asuncionistas y las reelaboraciones de los evangelios de la infancia empiezan a tomar su forma actual a partir del siglo IV.

Importancia de los apócrifos neotestamentarios e influencia posterior

Como acabamos de señalar, la inmensa mayoría de estas obras nació demasiado tarde, es decir, cuando las líneas y motivos directrices que iban a regular la aceptación definitiva en la lista de escritos sagrados estaban ya suficientemente cristalizadas. Anteriormente dijimos que  hacia el 200 estaba ya prácticamente formado el canon del NT, aunque hubiera algunas vacilaciones La pretensión de canonicidad de esas obras apócrifas –y con ello su trascendencia- se vio frustrada simplemente porque no podían ofrecer ninguna garantía cronológica, al menos indirecta, de haber sido compuestas por o en tiempo de los primeros apóstoles.
            Pero el hecho de no ser una literatura aceptada por las iglesias afectó sólo en parte a la importancia de estos escritos, ahora venerables por su antigüedad. Para la historia de la teología, de la cultura y de los movimientos religiosos son una fuente inestimable que nos proporciona conocimientos abundantes sobre las tendencias populares dentro de la Iglesia, sobre la evolución de la teología en ámbitos no rígidamente controlados por la jerarquía oficial y las preocupaciones espirituales del pueblo cristiano. La historia de la Iglesia, de la liturgia y la de las ideas religiosas en general, en particular de la gnosis y del gnosticismo, tienen mucho que aprender de estos apócrifos como portadores de muy diversas tradiciones, algunas de las cuales se han mantenido hasta hoy día.
            El ámbito de influencia de este tipo de literatura ha sido ciertamente grande, y se extiende por el arte, las tradiciones literarias, la liturgia y la piedad. El tema ha sido tratado brevemente por A. de Santos Otero en sus Evangelios apócrifos (véase Bibliografía, pp. 9-10 de la 3ª ed.): “Los nombres que damos a los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, cuyas fiestas respectivas celebra la liturgia los días 16 de Agosto y 26 de Julio, la fiesta de la presentación de la Virgen niña, fijada por el calendario bizantino y romano el 21 de noviembre, el nacimiento de Jesús en una cueva, en la que no faltan nunca el buey y el asno, la huida a Egipto con los ídolos que se derrumban, los tres reyes magos con sus nombres,  Melchor, Gaspar y Baltasar, la historia de los ladrones Dimas y Gestas, el nombre del soldado que atravesó con una lanza el costado de Jesús, Longinos, la historia de la Verónica que enjugó con un lienzo el rostro de Jesús mientras éste caminaba por la calle de la amargura…, éstos y otros muchos detalles parecidos están tan íntimamente compenetrados con muestra manera de sentir, que nos resistimos a reconocer que no descansan sobre otro fundamento histórico que el de las narraciones apócrifas”.
            De Santos Otero se refiere con estas líneas sólo a la literatura apócrifa evangélica. Y qué decir, por no mencionar más que los Hechos, de las leyendas de Pedro crucificado cabeza abajo, y del famosísimo episodio del Quo vadis, de la muerte o “dormición” del apóstol Juan en Éfeso, de la descripción física del apóstol Pablo, de las adversidades sufridas por su discípula Sta. Tecla, o de las aventuras de Tomás en la India… La literatura religiosa popular, sobre todo la europea oriental (eslava), desde los siglos IX y X se halla transida de todas estas leyendas. La piedad hacia la Virgen María, la creencia en su virginidad completa (antes, en y después del parto), su inmaculada concepción y su ascensión a los cielos tienen su base y fundamento en las narraciones de los apócrifos asuncionistas, ideas que luego se extendieron por todo el pueblo hasta formar un sentir común. Y lo que es más curioso: la inclusión de muchos de estos relatos apócrifos como lectura piadosa en el Breviarium Romanum hizo que pasaran a formar parte de la cultura y memoria religiosa de los clérigos, quienes luego las difundieron en prédicas y sermones al pueblo hasta fecha muy reciente.
            Las edades Media y Moderna contribuyeron a que este tipo de literatura gozara de amplia difusión. Como señala de Santos (op. cit. 10), “la posición adversa del Renacimiento no impidió que obras de la literatura como la Divina Comedia de Dante, el Paraíso Perdido de Milton, y El Mesías de Klopstock fueran tributarias de los apócrifos en muchos aspectos. Lo mismo podríamos decir de los autos sacramentales de Calderón de la Barca, por ejemplo, La Hidalga del Valle”.
            La iconografía de claustros y catedrales, y la pintura de temas piadosos tuvieron una de sus generosas fuentes de inspiración en los apócrifos neotestamentarios, ya que la Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine y el  Speculum historiale de  Vicente de Beauvais se encargaran de transmitir sus historias casi íntegramente al pueblo.
            Hoy parece que asistimos, una vez más, a un cierto resurgimiento del interés por la literatura apócrifa neotestamentaria. Mucho de ello se debe, en círculos esotéricos o afines, al deseo morboso de encontrar en este corpus de escritos atetizados por la Iglesia oficial, algunas verdades, más o menos interesantes o comprometidas, que esa misma Iglesia habría pretendido ocultar a la vista de los fieles. A priori algunos lectores creen poder encontrar en la enseñanza secreta de Jesús, que parcialmente transmiten algunos apócrifos, la cara oculta de Cristo. Frente a este interés se debe insistir en la importancia de tener en cuenta la fecha de composición de los apócrifos. Sólo este dato coloca de inmediato a estas obras en el rango de la literatura de ficción, a la vez que arroja luz sobre el valor y trascendencia de los apócrifos neotestamentarios: en verdad casi sólo valen para la historia de la teología y de las ideas religiosas del siglo II, o posteriores a él, y no para desvelar auténticos secretos de la vida de Jesús o de los orígenes del cristianismo. 

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Ficha del libro

Título: Apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Editorial: Alianza Editorial
Autor: Antonio Piñero
ISBN: 978-84-206-6911-3
Formato: 11,5X17,5 cm | Nº de páginas: 544 | Rústica

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