Jesús y las mujeres

Año Uno.
Israel y su mundo cuando nació Jesús.
Ediciones del Laberinto, Madrid, 2008

Año Uno

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Índice

Introducción

1. El Año 1 no fue el Año 1: Jesús nació antes de Cristo

2. Cómo estaba el mundo en el Año 1

3. Las fronteras del Imperio romano

4. Israel en los momentos del nacimiento de Jesús

5. Los sucesores de Herodes el Grande

6. Economía y sociedad en Israel en torno al Año 1

7. Las clases sociales

8. El ambiente religioso del Imperio Romano

9. Dioses y hombres

10. El esoterismo

11. Las religiones de “misterios”: la búsqueda de la salvación y de la inmortalidad

12. Religiones mistéricas y orígenes del cristianismo

13. Las creencias básicas del pueblo judío en tiempos de Jesús

14. El cumplimiento de la Ley

15. El Templo y los sacrificios

16. Las grandes festividades religiosas y la pureza ritual

17. El cumplimiento de las promesas divinas: liberación y la salvación de Israel

18. El mundo religioso judío y sus sectas: Saduceos y fariseos

19. Los esenios y otros grupos menores

Conclusión

Bibliografía

INTRODUCCIÓN

Israel, Año 1, un pequeño rincón en el Mediterráneo

Podemos decir sin exagerar un ápice que el año del nacimiento de Jesús es uno de los más trascendentales de la historia, puesto que en él ve la luz el impulsor del movimiento religioso más importante de Occidente y probablemente el de mayor influjo cultural y social del mundo: el cristianismo. Israel fue también en esos momentos la cuna de la profunda renovación de la tercera religión más influyente del ámbito occidental: el judaísmo moderno.

Israel ocupaba entonces –al igual que ahora- un pequeño rincón en la zona oriental del Mediterráneo. “Vivimos alrededor de un mar como ranas en torno a una charca”, decía Sócrates a sus amigos de Atenas, y con ello se refería a lo limitado de su mundo griego en torno a este mar. Sócrates sabía que más allá de las montañas de Oriente estaban los “gimnosofistas”, los filósofos desnudos de la India que cultivaban una alta filosofía y que tenían una religión venerable y antigua, que era cuanto menos respetable. Y como filósofo admiraba la vieja sabiduría de los egipcios y sus creencias en el mundo del más allá. Tampoco desconocía Sócrates que en los brumosos bosques de Europa, lejos de tracios y otros bárbaros cercanos, estaban los hiperbóreos, los “habitantes del extremo norte”, feroces por su bravura y misteriosos en sus costumbres…, y que incluso “más allá de Tule” en tierras heladas existían pueblos extraños… Todo esto lo sabía muy bien el sabio ateniense, pero en la vida diaria su mundo se reducía a Atenas y al Ática, ampliado todo lo más a las islas del Egeo o a las del Mar Tirreno. En la práctica su universo era muy pequeño y reducido, el Mediterráneo. Y tenía razón, porque las tierras situadas alrededor de este mar son las que importaban de verdad y las que hacían historia… al menos para Occidente.

Algo parecido pasa con nuestro libro. “Israel y su mundo cuando nació Jesús” se concentra sobre todo en el Mediterráneo, el Mare Nostrum de los romanos y sus satélites. Pero si se nos apura, ni siquiera en las tierras de ese mar entero –demasiado grande para los barcos de la época-, sino en el Mediterráneo oriental…, y dentro de él en el minúsculo y apartado Israel, el centro del mundo, sin embargo. “Todo el universo fue creado para Israel”, dirán los rabinos un poco después del nacimiento de Jesús, y la ley de Moisés –destinada específicamente para el pueblo elegido, asentado en ese pequeño rincón del Mediterráneo- es tan importante que fue concebida por Dios antes de la creación.

En el Año 1 Israel tenía grandes aspiraciones debido a su pasada historia. Desde hacía unos 450 años sus profetas venían augurando el advenimiento de una era en la que todas las gentes peregrinarían al Santuario de Sión, el monte santo de Jerusalén, y traerían tantos dones que casi no cabrían en aquella tierra. Y como complemento, con la ayuda maravillosa de los ejércitos de Yahvé, Israel dominaría sobre todas las naciones.

Mas para comprender ese “mundo cuando nació Jesús”, no podemos concentrarnos sólo en ese minúsculo trozo del oriente mediterráneo. Hay que ensanchar un tanto nuestra mirada, y será necesario considerarlo en su entorno: los alrededores del barrio ayudan a saber cuánto vale en verdad una casa. Por ello entrarán en nuestra historia sucesos, costumbres e ideas religiosas del entorno…, del Mediterráneo en su más amplio sentido, en tanto en cuanto nos ayuden a entender ese universo en apariencia mínimo que rodeó el nacimiento de una de las figuras señeras que han marcado el mundo con su impronta, Jesús de Nazaret. El Mediterráneo completo es el entorno vital del cristianismo.

¿Qué medios y fuentes tenemos para conocer esta época?

Aparte de las obras de los historiadores romanos que escribieron sobre Roma y el Imperio en esta época y de los innumerables testimonios que han llegado hasta nosotros y que nos ilustran sobre la religión griega y romana, las fuentes para conocer a Israel y su mundo en el Año 1 no son muy numerosas, ciertamente, pero tampoco absolutamente escasas. Vamos a centrarnos en estas últimas

En primer lugar, tenemos la arqueología. El terreno sobre el que se asienta Israel ha sido excavado concienzudamente, tanto o más que algunas zonas del cercano Egipto. Y los arqueólogos, que ven mucho más en las ruinas que los ojos de las personas normales, nos han ofrecido en libros accesibles muchas y buenas indicaciones sobre cómo era la vida en el Israel en aquel tiempo.

Está también la epigrafía, es decir, la ciencia de las inscripciones, los textos grabados en piedra –sobre todo funerarios- que han llegado intocados hasta nosotros y que nos revelan muchos datos sobre la vida y sus circunstancias de las gentes de la época.

Están también las monedas, cuya ciencia es la numismática, que nos ofrecen indicaciones a veces preciosas sobre el poder de los gobernantes y la extensión de sus dominios.

Y están sobre todo los textos antiguos…, libros piadosos o de historia, narraciones literarias o de ámbito teológico y filosófico. En este terreno libresco, de los textos antiguos, contamos con dos personajes interesantes.

En primer lugar el historiador Flavio Josefo, que escribe cuatro obras capitales para entender el mundo del siglo I y el de Israel del Año 1 y siguientes:

1. La historia de la primera gran Guerra de los judíos contra Roma, que se desarrolló entre el 66 y el 73 d.C., compuesta inmediatamente después de los sucesos narrados, en el 75 d.C.

2. La historia general del pueblo hebreo, titulada Antigüedades de los judíos, redactada en los años 90 del siglo I y que al final vuelve a tratar el período ya contemplado en la Guerra.

3. Una reseña de su Vida, donde cuenta mil detalles pintorescos que nos ayudan a comprender la situación de Israel muy cerca del Año 1,

4. Un tratado apologético, de defensa del judaísmo contra ciertas bocas maledicentes de griegos y romanos. Se titula Contra Apión y proporciona muchos datos sobre la vida y el pensamiento religioso judío de nuestra época.

En segundo lugar tenemos la obra de un filósofo judío, Filón de Alejandría, estricto coetáneo de Jesús de Nazaret, que dedicó toda su vida a explicar la religión de Israel y sus conexiones con la cultura de la época, sobre todo la griega y su filosofía. Entre sus muchos escritos son importantes para conocer el pensamiento religioso vigente en el Año 1 –sobre todo entre los judíos que no vivían en Israel (la llamada “Diáspora” o dispersión)- dos libros sobre Las leyes especiales, que son un comentario a las normas promulgadas por Moisés según la tradición. Tiene además un tratadito que cuenta los motivos y desarrollo de una embajada judía al emperador Gayo Calígula (37-41 d.C.) y que de paso nos describe el judaísmo de su momento y tiempos anteriores.

En tercero, contamos también con una buena cantidad de escritos religiosos judíos, cuyos títulos revelan bastante su contenido y pretensiones. Son textos como los Libros del profeta Henoc, el Testamento de los Doce Patriarcas, los Apocalipsis de Esdras y de Baruc, el Libro de los Jubileos o pequeño Génesis; Salmos de Salomón y Testamento de Moisés que fueron escritos en momentos cercanos al Año 1, antes y después, pero que reflejan bien un mundo cuya ideología religiosa no cambió demasiado en un centenar de años. Este tipo de libros son conocidos hoy como “Apócrifos –falsos, rechazados- del Antiguo Testamento” porque no lograron ser aceptados en el canon o lista de escritos sagrados judíos. Pero su contenido es interesantísimo y muy ilustrativo sobre las ideas religiosas de la época que centra nuestro interés en este libro.

Y tenemos -¡cómo no!- los famosos Manuscritos o Rollos del mar Muerto… Son la gran obra de una de las “sectas”, partidos o grupos del judaísmo del momento –como veremos- que nos transmite de primera mano una gran cantidad de información sobre el pensamiento religioso en Israel en el Año 1, ante todo de los llamados “esenios”.

Hay también un monto importante de comentarios y sentencias de rabinos sobre la interpretación y alcance de la ley de Moisés, la Escritura en general y la vida religiosa judía, reunidos en una obra llamada la Misná, codificada hacia el 200 al 220 de nuestra era. Esta colección de opiniones y comentarios rabínicos contiene –a pesar de lo tardío de su fecha- muchos datos interesantes que suponemos válidos para los inicios del siglo I. Los estudiosos han dedicado múltiples esfuerzos para estratificar y ordenar este notable y abigarrado número de opiniones y discusiones de rabinos sobre temas legales o de piedad, procurando dejar en claro qué de ellos puede utilizarse como fuente fidedigna para los momentos que nos interesan en este libro.

Finalmente poseemos la literatura cristiana primitiva, el Nuevo Testamento, y sobre todo los Evangelios, que aunque fueron escritos después del Año 1 –en el último cuarto de esa centuria- intentan reflejar el ambiente de Jesús hacia el año 30 del siglo I, que en muchas cosas no difería de lo que pasaba y se pensaba una treintena de años antes.

Así que no estamos desprovistos de ayudas para describir cómo era Israel y su mundo cuando nació Jesús.

Los judíos en el Imperio Romano

Los judíos dentro ámbito del Imperio Romano de inicios del siglo I formaban entre un cinco y un siete por ciento de la población total del Imperio. Los estudiosos varían en la estimación de su número: entre tres y siete millones de personas. De ellas quizá sólo un millón vivía en el Israel de Jesús, en el Año 1, y el resto en la Diáspora, o “dispersión”. Ésta se extendía desde Babilonia, actual Irak –quizá había también algunas comunidades judías en la India- hasta el extremo occidental del Imperio, Hispania. Y desde el norte, en las Galias, hasta lo más profundo del sur romano: las fronteras de Mauritania con el desierto y el sur de Egipto. Escribía el geógrafo Estrabón: “No es fácil encontrar un lugar en el mundo habitado en el que no haya penetrado esta estirpe de los judíos y que no haya sido ocupado por ella” (citado por Flavio Josefo en Antigüedades XIV 7,2).

En líneas generales los judíos eran odiados y respetados en el Imperio romano de nuestra época. Aunque influidos por la cultura grecorromana, se mantenían como un pueblo aparte, que procuraba no mezclarse con los demás. Las estrictas normas de su religión monoteísta los colocaba en una situación especial y hacía que los “paganos” los miraran a la vez con interés y con cierta animosidad. Aún no vivían en guettos los judíos –quizá en la próspera Alejandría podría decirse algo de ello, puesto que habitaban un barrio muy especial-, pero es cierto que se mantenían claramente aparte de los demás habitantes del Imperio. En los años que nos interesan, sin embargo, el Imperio respetaba sus particularidades religiosas, y por medio de leyes especiales desde tiempos de Julio César se les permitía conservar sus costumbres y se toleraba más o menos de buen grado la práctica de su religión.

Israel en concreto, en el Año 1, estaba gobernada por dos “etnarcas” (“dirigentes de un pueblo o tribu”), hijos de Herodes el Grande: Arquelao en las provincias de Judea, Samaría e Idumea, y Herodes Antipas, en Galilea y territorios adyacentes. Israel podía, por tanto, desarrollarse como pueblo específico dentro del Imperio en la época que centra el interés de este libro. Más adelante hablaremos de estos personajes en un capítulo dedicado a la historia del momento.

Y sin más dilaciones entremos a considerar cómo estaba Israel y su mundo cuando nació Jesús. Y la primera cuestión que debemos abordar es la siguiente: ¿estamos totalmente seguros de que el Año 1 es realmente el Año 1? ¿O andamos equivocados en cuanto a las fechas?

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